lunes, 10 de febrero de 2020

tralará

Hoy vengo a contar el hilo de mis pensamientos al salir de mi primer examen de Historia del Arte. No voy a decir que me he quedado en blanco porque no y a estas alturas de la vida y de los infinitos libros leídos desde los 15 no me faltan palabras para explicar el arte egipcio o el mesopotámico. 

No me he quedado en blanco de contenido, me he quedado en blanco nuclear de no saber escribir en un espacio determinado. Ostras. Qué tensión. Ya no estoy acostumbrada a estructurar, a resumir, a desarrollar ideas en un folio sin borrarlas para cambiarlas por otras mejores. Paralizada. Así me he quedado. Sin saber cómo empezar, cómo desarrollar las ideas de forma coherente, cómo arreglar los olvidos, cómo aprovechar el espacio y hacerlo sin tachar. Ese momento ansiedad en el que he escrito una mala frase y ay, madre, que ahí se ha quedado.

Describe esta foto en veinte líneas. ¿Cuánto abarcan veinte líneas? ¿Medio folio? ¿Cuántas llevo? ¿Me cabrá la conclusión? ¿Me sobran? ¿Cuántas me faltan? ¿Tacho esto? Lo tacho. Qué guarrería. ¿Por qué habré empezado así? Ahora me va a faltar espacio para las influencias. ¿Y esta frase mierder? ¿Cómo la acabo? Ay, mira, no sé. Ahí lo dejo, luego vuelvo sobre ello. ASÍ NO SE SACAN DIECES, ya os lo digo.

Una lástima.

Menos mal que he podido hacerme un esquema de lo que quería contar y lo he, más o menos, ido siguiendo. Menos mal. Y fijaos que no había previsto yo esta situación. Sí tenía claro que me iba a costar escribir a mano y pasé el fin de semana elaborando resúmenes y esquemas hasta el dolor en el índice (tampoco he tenido que esperar mucho, se nos han vuelto los dedos delicados de teclear).

Total, que me he metido en el coche con la algarabía mental de un estupendo "lo importante es participar" y a otra cosa, mariposa. El viernes más y seguro que mejor.

lunes, 3 de febrero de 2020

las segundas veces

Ay, esas segundas veces. Qué baños de realidad. Qué duchazas de agua fría. Qué confiar en que nos lo sabemos todo para darnos cuenta de que pssss a lo mejor no estamos tan preparadoslistosya.

Y os hablo de esta batería de exámenes a los que me enfrento después de varias vidas. Iba a poner que quién me iba a decir que acabaría volviendo a la universidad, pero no me engaño. Yo lo tenía clarísimo. Solo tenía que llegar el momento adecuado. Que ha llegado. Y aquí estoy, disfrutando de lo que siempre me gustó, aunque agobiada a niveles siderales por lo de los exámenes. 

Y menos mal que me dan igual y que he venido a disfrutar, que si me lo llego a tomar en serio me da un algo.

Por lo demás, encantada de haber dado el paso y de estar dedicando(me) tiempo a algo que me entusiasma desde que tengo uso de razón.

Hoy he hablado con un compañero del cole, de esos que me conocieron a los 10 y hablando de todo un poco ha salido esto de los exámenes (vamos, que estoy en modo monotema, se ve) y me ha dicho ¿me lo estás contando en serio? ¡con lo que a ti te gustaba! Y he pensado jo, es que es verdad. Es que tenía que ser.

Y aquí estoy, flipando con las segundas veces.

jueves, 30 de enero de 2020

saudade

El fin de semana pasado compré dos cosas que me han catapultado a otras vidas. Un jersey verde botella y un gel. 

Mi uniforme del cole incluía un jersey verde botella y desde los 18 no había vuelto a tener uno. Me hizo gracia llegar a casa y probármelo (jamás me pruebo la ropa en las tiendas, ¿ya os he contado que me espantísima ir de compras?). Me lo puse y magia. Que no, que no pasó nada. Solo que me vino la infancia a la cabeza.

El gel sí lo compré sabiendo lo que hacía. Es el mismo que usaban mis abuelos. Con el que me bañaban cuando de peque me llevaban a dormir a su casa. Igual que con el jersey, al usarlo vuelvo por un momento a tener 8 años. La casa de mis abuelos ya no existe, pero podría reproducirla palmo a palmo. Me alucina acordarme de los detalles minúsculos, como la forma en la que se abría la puerta del baño. 

Y así está pasando esta semana, así y con el berrinche que me cogí ayer porque C quemó mi crock-pot. Veinte días me ha durado. Eso sí, veinte días maravilla. Me acabo de comprar otra. Que siga la fiesta.

viernes, 3 de enero de 2020

Feliz año

Comienzo enero volviendo al trabajo después de dos semanazas de vacaciones y con el tictac universitario sonando cada vez más cerca. Lo del trabajo... divino, la verdad. Después de 10 años acabo de pasar mis primeras vacaciones-vacaciones de cerrar la puerta de la ofi y olvidarme de lo de dentro at all. Qué sensación. ¡Tenía hasta ganas de volver! Qué demonios, mola lo que hago y me divierte ir. Y las vacaciones sin estar pendiente del trabajo son vacaciones maravilla.

Estos días he estado aprovechando para terminar uno de los dos trabajos que aún tengo pendientes de entrega (acabo de enviarlo hace 10 minutos) y avanzar en el segundo (a ver si llego a tiempo), así que mis días de no trabajo han estado bien llenos de otro trabajo, el de investigar y escribir. El de sentir que no llego y llegar. El de por-qué-me-he-metido-en-esto y un grandísimo porque-esto-es-lo-mío. Ah, que lo mismo no os he contado lo mío con la Historia del Arte... pues he empezado por fin este año y NO ME PUEDE GUSTAR MÁS. Me gustaría dedicarle más tiempo, pero no tengo 18 años y cero obligaciones, así que aquí ando, haciendo lo que puedo y disfrutando infinito del camino.

Como no tenía cosas que hacer o en qué pensar me he autoimpuesto el reto mensual de hacer una foto diaria. En febrero colgaré el resultado. Como es algo que compré (de hecho, se lo compré a mi hija y se lo he robado) cada día descubro qué foto tengo que hacer. De momento yo y café. Lo que cuento. En febrero cuelgo una imagen de las 30.

Y lecturas pendientes. Tengo mil. Sigo con Donna Leon por eso de revivir Venecia (de verdad, quierísimo vivir en cualquier ciudad de Italia), pero tengo una columna de pendientes que me río de Trajano. Y poco más, que hoy veo que me acuesto a las dos. Ya otro día cuento más.

Y feliz 2020... ¡vamos a por él!

L.

domingo, 29 de diciembre de 2019

la dolce vita

Llevo unos días de vacaciones navideñas. 

Maravilla. 

...

He pasado tantos años sin vacaciones como estas, vacaciones de verdad, de olvidarme de lo que pasa en el trabajo, que no recordaba la sensación de este dolce far niente. Y eso que estoy aprovechando el tiempo para pasear (mucho) y para estudiar (más) y me encantaría decir que para organizarme, pero me temo que soy caos y organizarme va cero patatero conmigo. Y mira que lo intento. De momento me doy con un canto en los dientes si consigo enviar (en plazo, no hay otra opción), los dos trabajos que aún tengo pendientes. Uno está bien avanzado, el otro va.

Hace unos días estuve en Venecia. Sé que siempre cuento la misma historia, pero Italia me enamora. Estuve en Venecia y ahora quiero revivirlo a costa de Donna Leon, así que entre unos libros y otros cuelo a Brunetti con la diligencia de una buena madre de familia. Y así paso los días: leo, paseo, planifico futuros viajes, estudio, preparo trabajos, me fijo objetivos y -si me acuerdo- doy de comer a los hijos.

He perdido la noción del tiempo -así de molones están resultando estos días- y tengo que esforzarme por recordar qué tengo que hacer qué días. De todas formas no creáis que no tengo ganas de volver a trabajar. Soy una chica con suerte y no me sienta nada mal que pasen los días y llegue, inexorable, la vuelta a la rutina. 

Me estoy tomando con calma la vida y así se respira muchísimo mejor.

Si no vengo antes por aquí, feliz veinte veinte a todos: a los que siempre estáis (aunque yo no) y a los que paséis de refilón. Que el nuevo año nos traiga más libros, comida rica, mucho dormir y un buen puñado de viajes.

¿Qué puede salir mal?