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el pijama

He descubierto la causa de mi pereza legendaria. O lo mismo he descubierto el resorte capaz de ponerme en movimiento cuando todo se me dibuja con la lentitud de un atardecer en el cabo de san Vicente. Qué imagen tan poética para acabar contando un pijama. Que el resorte -mon cheries- es un pijama rojo y tremendo que saqué hace unos días de un cajón, y que me puse después de una ducha estupenda, aún no sé movida por qué (el pijama, no la ducha). No recuerdo de dónde salió el pijasorte. Por su aspecto, diría que es un regalo de abuela, pero no recuerdo que mi abuelilla me haya regalado un pijama jamás. Pijasorte es un dos piezas muy conjuntado que en la parte-camiseta luce un oso amoroso -de esos osos amorosos que muchos recordaréis si hacéis un esfuerzo y si no, google y ya- con un corazonaco gigante y también muy rojo y unas letras que juntas hablan de una cualidad que -entre nosotros- sólo saco a pasear (y mucho) de la mano de mis hijos.

periscope-shaped hood

Imagen
Mis dos últimos días son un libro. Camino leyendo, como leyendo, me acuesto y leo hasta que de madrugada me preparo despeinada un casi desayuno y me vuelvo a la cama de día de fiesta a sentir la felicidad de la paz y lo que leo. He terminado hace un ratín la historia que me traía entre manos y antes de comenzar con la siguiente me he planteado la alternativa de salir a pasear o escribir un rato. No estoy saturada de leer, pero temo caer en una espiral de palabras que me deje ko. Lo del paseo es pereza. Por el tiempo que hace, sobre todo. Tan ideal para verlo a través del cristal. Pero, ¿sabéis qué? Voy a salir. Que me dé el aire. Me parece que me va a sentar bien un ratito de ríos y piedras.  Luego ya. Con nocturnidad y mentes despejadas vuelvo y cuento lo que sea que me dé por contar hoy. Además, me llevo la cámara de fotos.  So long.  ...

al hilo de los exámenes de marzo

Una de las cosas más fascinantes de tener bebés -vale que los míos ya andan caminito de los veinte, pero siempre serán mis bebés - es darnos cuenta del montonazo de cosas que sabemos. Y no me refiero a las intuiciones maternales -¡ostras! cambio pañales, soy capaz de montar un menú sanísimo y supernutritivo, cuidado con el azúcar y las heridas sangrantes se curan sin desmayarse- no me refiero a ésas, sino a las que se aprenden en las larguísimas horas de cole. Aquellas horas en las que pensábamos "y esto para qué demonios me va a servir, si yo soy más de letras que el quijote ". Y venga a hacer integrales y matrices y derivadas y polinomios y senosycosenos o aquello de las piedras que cristalizaban de mil maneras diferentes, por no hablar de la física. En serio, la física es mi gran ¿por qué?. Nunca me he enfrentado a algo tan ajeno a mí en cualquiera de mis versiones -pasada, presente, futura, simpática, antipática, alegre, muerma, comedida, pensante, dormida, viajera, ...

cosas que me gustan

Estoy cantando y como hacer dos cosas a la vez -imaginad escribir y cantar- es chungo, vais a perdonar el título de esta entrada. No se me ha ocurrido nada mejor. Que no es que me curre habitualmente los títulos, pero éste de hoy ha sido muy lo primero que se me ha pasado por la cabeza. Me ha entusiasmado un libro que terminé ayer mismo y tenía que compartirlo con quien sea que lea esto que cuento. El caso es que además del libro, me he creado una lista Lucía en el spoty con todas las canciones de mi historia y ando ¿os acordáis de aquella escena de tom cruise bailando por la casa en calzoncillos con una cuchara de palo de micrófono? así. Cambiadme los calzones por pantalones de la primavera que empieza y haceos una idea. Estoy saltando angel of harlem (en serio, ¿no hay nadie que quiera acompañarme a verlos en octubre?) y entre salto, graznido, cuchara y moonwalk me asomo aquí a contar lo de Wild .

nada

Mis últimos días han resultado activos y frenéticos. Sin tiempo para parar, más allá de algún ratito (lo intento) diario de vinyasa. La semana pasada resultó agotadora y la anterior digo yo que también. Encuentro aquí y allí momentos de lectura facilona. El resto, un enorme a-ver-si-se-me-gastan-las-pilas-un-poco-o-qué. Y de repente hoy. Una isla. Llegar a casa a las siete y media y no tener nada a la vista. Nada que hacer. Nada que pensar. Nada de nada. 

lágrimas de cocodrilo

La semana pasada me saqué el cinturón negro de lágrima fácil. Se me emborronaron los ojos por todo o todo lo que pasó fue lo suficientemente intenso como para lo de los ojos y las lágrimas. Lloré de emoción el martes, sin ir más lejos, cuando volvía en el coche del centro de discapacitados en el que colaboré como voluntaria, echando una mano con cosas de yoga. Al llegar al aula donde nos esperaban se me organizó un nudo fenomenal en el estómago, de esos que tardamos en deshacer. Me hice la fuerte y me enganché a Elena, una mujer con síndrome de down enganchada a su vez a un teléfono de juguete, a la que acompañé durante toda la clase. La acompañé, nos abrazamos, hicimos travesuras, hicimos un guerrero es-pec-ta-cu-lar, me puse al teléfono para hablar con su amigo Sergio, del pueblo, y un montón de cosas más. La semana que viene vuelvo, con muchas más ganas, si cabe.

últimamente...

... ando llena de energía y ganas de hacer cosas. Además, me he sacado el cinturón negro en voluntad de hierro y todo lo que me propongo se convierte en una experiencia realísima. Estoy desconocida. Esta semana tengo un plan súper. Voy a empezar yoga-voluntariado en un centro de disminuidos psíquicos. Ya iré contando la experiencia. Estoy ilusionada, como con todo lo que me está ocurriendo de un tiempo a esta parte.