lunes, 11 de febrero de 2019

Tengo una amiga que

Conoce a una mala mujer. 

Si pudiera, si supiera, la colocaría de protagonista sin desperdicio de un libro. Y recorrería todas las librerías vendiendo su (su) historia. La historia de una ignorancia sideral disfrazada de soberbia. La historia del despotismo paleto. La historia de la mujer que se vanagloriaba de haber contratado al "bonsái", el famoso ballet ruso. Así es su ignorancia. Solo comparable en magnitud a su maldad. 

Imaginad.

El libro sería sarcástico, irónico, bobalicón. Si supiera escribirlo lo haría y si fuera bruja lo convertiría con un golpe mágico de varita en el libro más leído del año. En España. En el mundo. Le encantaría ridiculizarla en todos los idiomas. Y no. Esto no la coloca a su nivel. Su maldad no es como la de la vieja bruja. Su maldad es de magia blanca, de bruja buena, de robinhooda de los bosques.

La de la otra es asquerosa.

Podéis imaginar que la bruja vieja de Mordor la tiene tomada con ella. Le lanza hechizos que esquiva con elegancia, conteniendo con mucha fuerza de voluntad las ganas de ponerse a su nivel, de dar un paso hacia el lado oscuro. De disparar a dar.

Mi amiga se contiene. Se esconde para evitar que le alcancen los rayos negros que le salen de los ojos a la bruja vieja. La espuma amarilla que vomita cada vez que abre la boca. Se contiene y se esconde y se siente indefensa. No porque no se pueda defender, sino porque ha elegido no hacerlo. No acercarse a ella es su defensa, su táctica. Pero no mola. En días como hoy, en los que recibe sus ataques furiosos, el cuerpo le pide devolverle el golpe con contundencia, pero no lo hace. Se para, respira y hace caso a la razón. 

Se encierra y se imagina colocándola de protagonista ridícula de una historia de brujas.

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