lunes, 23 de octubre de 2017

el reto (facilito)

Hace una semana tomé la determinación de pasar una semana sin comer nada procedente del cereal, de ningún cereal. He casiconseguido el objetivo (tuve que hacer una miniconcesión el sábado, durante el cumpleaños feliz y redondo de mi madre) y ahora me he propuesto ampliar el reto a una semana más. 

Os cuento mis reflexiones al respecto, que son varias.

La experiencia es, a priori, un auténtico horror. Fijaos que yo no como carne y nunca he sentido ansiedad por ello. Puedo vivir feliz sin un filete, pero he descubierto (i) que hacerlo sin cereales me cuesta millones y (ii) que no hay nada que pueda comer que los sustituya. Me intento autoengañar con verduritas y tecitos, pero el león que ruge en el estómago es más listo que -leedme bien- el hambre.

Es inimaginable la cantidad de alimentos que tomo diariamente que proceden del cereal (panes, galletas, dulces, snacks, pastas...). Dejar de comerlos me ha supuesto un cambio de intendencia considerable. No se puede acometer esta tarea con la nevera a medias.

Vivir sin cereales es aburridísimo y muy soso. Los desayunos tan llenos de fruta me entristecen infinito. Un té y varias frutas es rollo. Sano, digestivísimo, maravilloso, pero rollo hasta el infinito y más allá. El resto de comidas pichípichá. No son tan tristes como el desayuno, pero aaarrrggggghhhhhhh tampoco molan mil. Probad a tomar queso sin pan.

Los desayunos, ya os digo, se convierten en la peor comida del día, sin duda alguna. Y si son en una cafetería... olvídate. Comer fuera de casa se convierte en una misión imposible. Todo, absolutamente todo, tiene algún cereal. Rebozados y empanados, salsas... Yo lo intentaba con pinchos de tortilla sin pan y, en fin, pffff no saben igual.

Confirmo que no he adelgazado considerablemente. De ahí lo de probar con una segunda tanda. Confirmar que el pan no engorda sería todo un hallazgo (bastante improbable, por otro lado). Para eso tengo que alargar esto en el tiempo lo suficiente como para dejar de tirar de las reservas que he acumulado durante cuarenta y tres años. 

Tengo mucha más energía. Pero mucha, muchísima, más. Me despierto por las mañanas y me levanto casi inmediatamente (hasta ahora tardaba una media de 45 minutos los días laborables y de 2 horas los festivos). Ha desaparecido mi pereza legendaria. Quiero continuar con el experimento para confirmar que hay relación directa entre dejar los cereales y estar no solo más animada, sino más contenta (salvo cuando me enfrento a los desayunos, ahí solo me sale llorar).

He desarrollado millones la imaginación y he descubierto productos hechos a base de harina de legumbre, por ejemplo, que medio sirven para esos ataques de salir a la calle a comprarme siete donuts y dejar esta estupidez de las harinas.

No me puedo ni imaginar la vida de los celiacos. Es increíble la cantidad de alimentos que derivan de los cereales. Desde luego (también supongo que será para compensar lo de la carne), en mi caso es ingente. Probaré otros siete días y desde ahí intentaré reducir las cantidades. Mola hacerse consciente de estas cosas, de los efectos que nos produce lo que comemos (lo del aumento de la energía y la alegría me ha maravillado. El cambio es espectacular y lo relaciono directamente con la comida).

...

Y en esto ando en este octubre que acaba.

En esto y en que me encanta el otoño.

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