lunes, 18 de mayo de 2015

21

Hace unos días fotografié el camino de correr.
Aún ando con el encéfalo en shock. El encéfalo y el millón de músculos que definitivamente sí tengo y que ahora -aquí sentada con las piernas en alto- siento latir a pulsaciones que pueden llegar a rozar la estratosfera.

21 minutos de carrera mezclados con sus correspondientes tramos de caminata. 21 minutos. Uno detrás de otro. Igual que los pasos. Uno, y detrás otro. 

Tengo cada minuto grabado a fuego. Cada cuesta, cada piedra, cada bajada, cada maldita mosca, cada gota de sudor. La cabeza que parece la cabeza de una cerilla ardiendo. El aire que hoy -maldito polen, maldita primavera- llegaba mal y escaso. El amor propio de no dejarme parar.

El tú puedes. La compañía, por supuesto. Sin R esto no sería posible. Conseguir que se convierta en rutina. Cada pensamiento que me quiere autoengañar porque me entretiene y consigo no pensar qué demonios hago corriendo por el campo al anochecer. Que si lo pienso, fijo, me paro.

La cuesta del árbol.

Los minutos pesadilla son el 4, el 5 y el 6. Claro que hoy, los tres últimos han estado a la altura. 

Terminar es euforia, pero euforia momentánea. Euforia que dura hasta el cruce en el que R y yo nos despedimos y me enfrento al cuestón que me lleva a casa. Llego como puedo, intento estirar mientras los pins me lo cuentan todo, me ducho con agua fría, porque me lo pide el cuerpo y hoy mierdaremierda me ha salido una ampolla por culpa de unos calcetines alternativos. Los buenos, los de correr, los he perdido en mi habitación minimal. 

Después de la ducha, la cena y la batalla de los pins y la cama me he quedado aquí sentada, desparramada, sin fuerzas para nada. Encendí unas velas, me preparé algo calentito para beber y aquí me tenéis, valorando usar el disfraz de albóndiga para llegar rodando a la habitación.

Sin embargo, a pesar del cansancio -que es formidable-, me siento contenta. Estoy orgullosa de estar ganándome en esta frivolidad en la que me he metido. Me encanta el grito mental tooomaaaaa-la-cuesta,-ahí-te-dejo-pedorra. Y mucho más llegar a casa y pensar 

Ostras

Os tras

21 minutos corriendo

¡21!

Lucía, querida, molas mil.

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