martes, 4 de marzo de 2014

de vendavales

A las 2:30h de la madrugada un estruendo muy walpurgis me ha catapultado en carpa mortal a la ventana de la terraza de mi habita, abierta de par en par a la tormenta.

Luchando contra el tornado y contra la puerta huérfana de picaporte -todo muy en mi papel, con los pelos ondeando furiosos y la vena del cuello muy hinchada- he conseguido mantenerla cerrada el tiempo suficiente para hacer un scaner mental de la situación.

Puerta rota. Frío invernal. Hijos másomenos pequeños. Temporal. Ovillo de lana en la caja de los ovillos. Posibilidades del ovillo. Una, dos, tres, suelto la puerta que se estrella contra la pared y me lanzo en picado a por la lana.

- tranquilos, subo en un ya

- mamita, ¿te ayudo?

- No hace falta, C. Tú tápate bien, no cojas frío.

A las 2:40 y algo me he visto desde fuera macguivereando con lana azul, un tornillo y un picaporte y me he hecho hasta un poco de gracia. Siempre teniendo en cuenta que maldita la gracia en el planeta de la furia y el mal humor.

Una vez amarrada la puerta camarote, he tenido la idea de seguir un ratito más de vendavales y hacer una batida contra las múltiples rendijas entre las que vivo. Bajada de persianas, cortinas bien echadas, puertas cerradas y subo y por supuesto el ingenio de antes había dejado de funcionar.

- mierdadecasademierdadevidadeverdadquéganasdeirmealamierda

Nuevo repaso mental de la situación

- mamita, ¿te ayudo?

- Mira C, sí. Tengo un plan. Levántate y ponte las zapatillas y batakurt.

- Batakurt me está muy grande, a ver si me voy a caer. Me pongo mejor esto de M.

- Vale. Éste es el plan:

- ...

- Tú sales fuera y apoyas la silla contra la puerta. Que quede bien pegada, para que la puerta no se abra. Mientras, yo vuelvo a hacer lo de la lana. Luego, intentas entrar al baño por la ventana de la terraza.

- Vale mamá. Vamos.

Desenrollo el medio kilo de lana que había enrollado antes y ¡bum! la puerta se vuelve a estampar contra la pared. C sale al tornado con cara de estar pasando un gran momento. Cierro la puerta y vuelvo a las lanas. C ha puesto no una, sino dos sillas contra la puerta y parece que ya aguanta cerrada. Ahora viene lo del salto. Por la ventana del baño veo aparecer la carita feliz de C, que evidentemente está disfrutando millones de la aventura. La ayudo a bajar y ya dentro nos ponemos a terminar de amarrar la puerta. 

- Qué divertido, ¿verdad?

- Me estoy cortando un poquito las manos con la lana pero sí, nos lo estamos pasando fenomenal.

- A lo mejor te quedas dormida y no llegamos al autobús. ¿Ponemos más despertadores?

- No hace falta C, si con esta tensión lo raro es que me vuelva a dormir y total ya son las... vaya, ya son casi las cuatro. Qué bien. Anda, métete en la cama.

- ¿Seguro mami? ¿No necesitas nada más?

- Tengo todo controlado. Enrollo un poco más de lana aquí y listo.

- Vale.

Y un minutín después entré en la cama con satisfacción por mi ágil capacidad de reacción, con angustia por si el viento huracanado terminaba por llevarnos a Oz y con un podcast sobre la esfinge de Giza que me ha tenido entretenida hasta ese instante antes del despertador en el que me he quedado por fin frita.

Si os preguntáis por M... después del despertar aterrador de los tres gritando sin entender qué vampiro había abierto así la puerta, con tanta violencia y tal y una vez chequeado que madre se hacía fuerte contra los elementos perturbadores, se tapó la cabeza con el edredón y recuperó el sueñecito tan feliz.

Y así de entretenida he comenzado este 4 de marzo. 

Y así de siglos de sueño tengo ahora. 

Y lo mal que me viene la reunión de dentro de quince minutos.

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