jueves, 8 de febrero de 2018

hartolescencia

Todo llega.

La adolescencia de los hijos también.

Me repito como un mantra un cariñoso "Lucía, disfruta de esto, que luego pasa (porque todo pasa) y lo vas a echar de menos, como echas de menos ahora los pañales, los mofletes y los mocos"). Y lo intento, y a veces lo consigo, pero otras veces...

Otras veces me quiero ir a vivir a Senegal.
Diálogos infinitos

Cualquier "orden directa" se transforma en una conversación milenaria. ¿Cuántas horas de diálogo se necesitan para que, por favor, te metas en la ducha de una vez? ¿Cuánto hablar para que dejes la mochila preparada por la tarde? ¿Cómo hacerte entender que "en la mesa están prohibidos los móviles" no es una decisión arbitraria tomada con el único objetivo de separarte de tus amigos y hacerte sufrir?

Silencios eternos

Todo este hablar infinito se va alternando con enormes momentos de silencios lánguidos. Lo que hace unos años eran tardes divertidas de juegos, paseos y meriendas chulis se ha transformado en ellos en sus habitaciones y en mí leyendo tranquila en el sofá, convenientemente tapada con una manta molona, con mis gafitas y un té. Que a priori es un planazo, pero que en la realidad es un poco regu. Las tardes se hacen largas en una clara transición a la soledad definitiva de dentro de unos años.

Vale que exagero. Mis tardes están llenas de alumnos y de clases, pero sí que he notado que cuando estamos en casa tengo mucho más tiempo para mí, menos cuando discutimos o hablamos infinito, claro. Más libertad, más tiempo y un poco de pena porque me encantaba ser mamita de mis miniyós y pasar las tardes haciendo bollos y plastilinas.

Convivencia

La adolescencia altera millones la convivencia. Mientras son pequeños, todo es fácil. Me refiero a vivir juntos, a pasar los días. Cuando crecen te ves compartiendo espacios con personas más grandes que tú, con sus gustos y su manías y con tus normas. Tus normas son tus manías, que tienen rango de normas porque son las tuyas, faltaría más. Pero como son subjetivas son siempre susceptibles de generar opiniones adolescentes en su contra.

Miedo

En la adolescencia es todo muy emocional, a veces vertiginoso. Yo, que no he sido una madre muy angustiosa hasta ahora, me descubro con el corazón en el puño de todas las cosas malas que les pueden pasar. Supongo que será porque ahora comienzan a vivir y a decidir por sí mismos y lo hacen con la fuerza y la inconsciencia de una edad que vista desde los 43 es muy endeble, pero que desde sus perspectivas es lo más. 

Comida

Luego está lo de las comidas. Nunca imaginé que mis hijos pudieran comer tantísimo. Lleno la nevera el lunes y cuando la abro el miércoles tengo el eco de una pera, como los de la canción. 

...

La adolescencia pone definitivamente a prueba los límites de mi paciencia. Y aunque ahora mismo se me antoja interminable, supongo que en unos años echaré de menos esta montaña rusa en la que nos hemos montado mis hijos y yo. Las conversaciones, los silencios, el miedo, la ilusión, el desorden colosal, las discusiones entre ellos, sus preocupaciones y las mías, los amigos, las experiencias nuevas, los partes, las ganas cero de estudiar, las indecisiones, los micromacroegoísmos, los cambios de opinión, sus enfados y todas las risas, porque no sé cómo lo hacemos, pero por encima de todo nos reímos mucho juntos. Un montón.

De hecho, si no fuera porque tenemos un gran sentido del humor esto que estamos viviendo sería un gran pequeño tormento.


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