miércoles, 17 de septiembre de 2014

la loca de la mirilla (I)

Amigos y paseantes, he enloquecido. No es algo de lo que enorgullecerme, lo sé, pero mi vida ha comenzado a revolotear alrededor de la mirilla de la puerta de casa.

Yo, de natural tan ajena a vidas ajenas, me encuentro entusiasmada con este iryvenir. Estoy enganchada a la serie de lo que pasa en mi escalera.

Todo empezó hace unos días con un deceso. De repente, el rellano retumbó de médicos, enfermeros, ambulancieros, policías, guardias civiles, jueces y secretarios judiciales, dos familiares desoladísimos y servicios funerarios… por ese orden y a lo largo de la mañana –hasta bien entrada la tarde. El finado, un hombre con muchas vidas y más décadas en la mochila.

Ni siquiera recuerdo haberle visto más de un holayadiós. Ya digo que antes tendía a caminar rápido, cerrar la puerta, quitarme los zapatos, música y paz.
No recuerdo haberle visto, pero los acontecimientos a los que me enganché mirando por la mirilla me han permitido crear una vida entera para él. Ya no es un desconocido. En mi fantasía le he devuelto a la vida. A una vida imaginada en la que le fue bastante bien, a pesar de su aspecto de permanente enfurruño.

Don Peluso (esto de Don Peluso viene de una tele que se coló por las ventanas de septiembre entre los guardias civiles y los jueces y me lo apropié de inmediato y con respeto). Don Peluso, decía, tuvo una infancia feliz. Muy de campo. En verano jugaba con lagartijas y se bañaba en las pozas mientras la madre -de negro por fuera, pero muy de colores por dentro- remendaba a la orilla del río y se reía de las ocurrencias de una amiga. En invierno pasaba frio, pero el olor de la leña quemada que inundaba la casa le reconciliaba con el cierzo.

Más adelante amigos del alma, enamoramientos, la guerra que todo paraliza, el reencuentro con los restos de la vida de antes y los felices años del traslado a la capital. Un buen trabajo para un hombre de campo, hijos que hacen de las suyas, algún viaje ocasional, el momento triste de quedarse viudo y la soledad de esperar la visita espaciada de los dos hijos que aún viven en el país. La chica se le fue a América, detrás de un rubio larguirucho con un nombre muy raro. Eso sí, todos le llaman a diario. Hola papá, ¿cómo estás? Como si supieran que un día no cogería el teléfono.

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