martes, 23 de abril de 2019

turbulencias

Que te encante viajar y te aterrorice ir en avión es la mierdísima más grande del mundo. Os lo digo como es. Mierda. No soporto ir en avión, no soporto que se vaya acercando el momento, no soporto entrar, sentarme, el despegue, las nubes, las turbulencias, no soporto sobrevolar el mar, ni las montañas, no soporto aterrizar, el viento, los pájaros. Ir en avión me da un miedo infinito, pero como reconozco su utilidad hago de tripas corazón y paso el mal rato lo mejor que puedo: mal.

Reconozco que he perdido los nervios a bordo de un avión en más de una ocasión. Y que he echado hasta la primera papilla en otra. Reconozco que me maravillan las personas que se meten en un avión como en la panadería, tan pichis. A mí me supera. Yo sería feliz si pudiera viajar inconsciente de A a B, como el del equipo A.

De hecho, volviendo de NY conseguí cerrar los ojos muy fuerte después de la merienda y aunque solo medio dormité no los abrí hasta que estábamos como a una hora y media de aterrizar. O sea, que medio inconscienteé como cinco horas y qué felicidad, porque el último tramo se me hizo eterno. Qué turbulencias, qué meneos, qué descensos repentinos, qué montaña rusa y yo qué ansiedad. Mi pobre M (que sabe lo mío con los aviones), me cogía la mano fuerte y me decía naaada, tú tranquila que vamos bien. Y yo sí, sí, sin sangre corriendo por las venas y pensando que caerse al atlántico es el fin porque total, volando sobre tierra todavía hay opciones de aterrizar mal que bien en alguna carretera abandonada y que a ver si veo ya la costa y nos salvamos un poquito más y mil desasosiegos de ese estilo.

Me espanta montarme en un avión, pero como no tengo otro modo de hacer lo que más me gusta en el mundo (haber hay otros, pero este es el más práctico) me subo y paso el peor rato de mi vida y hasta la próxima que espero que no tarde en llegar.

domingo, 21 de abril de 2019

Nueva York es siempre una buena idea


Mi bebé C cumple 18 en unos meses y como regalo especial de cumpleaños especial le organicé un viaje a NY. Por cosas de pasaportes, visados y sus propios planes de futuro, adelantamos el viaje a abril y ahora que ya estamos de nuevo en mi pequeño Madrid os cuento que ya estoy fantaseando con volver a USA. 

Esta vez hemos paseado por Nueva York y Filadelfia y, como no podía ser de otra manera, nos hemos dejado tantísimas cosas por hacer, se nos ha quedado todo tan a medias, que ya estoy dando vueltas a cómo y cuándo volver a hacer otras cuantas. Y es que qué país. Siempre que voy vuelvo con ganísimas de más.

Como CyM no habían estado antes en NY hemos recorrido todas las tipicadas y aunque yo he repetido, me alegro de haber tenido la ocasión de enseñárselas a ellos. He disfrutado millones subiendo al empire y al top of the rock, paseando por Bryant Park (mi plaza preferidísima) y por la quinta avenida, montando en bici por central park, dejándonos caer por la catedral de San Patricio o Wall Street, paseando hasta la ONU, visitando la estatua de la libertad y Ellis Island, viéndoles patinar en el Rockefeller (como veis, no nos hemos perdido ni una), en los museos, en las tiendas, en las avenidas y en las calles, en la zona cero, en Chinatown y en Little Italy, tocandosaltando el piano en la F.A.O. Schwartz, siendo provincianos en Times Square...


Oye, nos hemos regalado la experiencia completa.

Como además tenemos vidas previas en Estados Unidos, hemos aprovechado para comer en sitios que nos molan, como chick-fil-A o Olive Garden y para comprar cosas que nos gustan de allí y que echamos siempre de menos en casa. 

Y también hemos hecho cosas nuevas para mí como lanzarnos a la búsqueda de la casa de Friends, merendar en la torre Trump, ver LA exposición sobre Walt Whitman, mi escritor preferidísimo de la vida (ni os imagináis la emoción al ver sus manuscritos), pasear por Unión Square un día de mercado, ir al zoo, buscar el homenaje a Jackie Kennedy en la estación central, ir en bucle a comprar cupcakes a Magnolia Bakery, ir a un partido de los Knicks (aunque nosotros seremos para siempre de los Rockets) y engancharnos a otro de baseball en central park (en este caso ibamos con los dead poets), perdernos en librerías pichis o ir a Filadelfia, la ciudad del amor fraternal, que es una experiencia que os recomiendo mucho si vais a NY porque está muy cerca y es muy, muy accesible para ver en uno o dos días. Nosotros fuimos en autobús y tardamos una hora y media en llegar, así que no tuvimos ni que madrugar. 



Yo soy muy entusiasta de la historia de los EEUU y visitar la parte antigua de esta ciudad es muy interesante. En ella se declaró la independencia, se firmó la Constitución, se cosió la primera bandera, se construyó el primer banco y está la calle más antigua del país, entre otras mil cosas todas bien interesantes. Toda la parte antigua de la ciudad está convertida en un museo. Se puede entrar en algunas casas que se mantienen "como eran" (la de Benjamín Franklin, la casa en la que Jefferson redactó la declaración de independencia, el independece hall) y en otros edificios que se han reconvertido en museos. Una cosa importante, si vais, es ir a coger las entradas lo primero primerísimo porque el acceso a todos estos sitios es gratuito y las entradas se agotan en un pispás. Si no hay opción se puede ver por fuera divino también y si te pones en la cola y no hay gente suficiente te dejan pasar sin entrada (eso me dijo el hombre amabilísimo que me atendió cuando llegamos).

Por supuesto, además de la zona histórica, en Filadelfia hay mil cosas más que ver (aparte de las escaleras por las que subía Rocky Balboa) y, en mi opinión, es una buena idea no perdérselas. De hecho, pienso volver.

Volviendo a Nueva York, en serio, qué ciudad. No me canso de ella. Podría ir mil veces y mil veces sería feliz. Cuando estábamos recorriendo en bici central park (todo tan en flor, todo tan divino) me giré hacia C y me salió un maravilloso "la felicidad es montar en bicicleta por central park una mañana de primavera, ¿no te parece?". Y vaya que se lo parecía. Es que qué felicidad, qué paz, qué alegría, qué mágico, qué penísima volver. Qué maravilla haber ido y haber vivido los tres juntitos la experiencia y qué maravilla ponerme a planear otro viaje allí. Aunque volvamos a tardar dos años en ir, sé que merecerá la pena, porque Nueva York es siempre una buena idea. 

lunes, 1 de abril de 2019

Y en abril...

El tiempo vuela y si no que se lo digan a dos mil diecinueve, a mi cabeza, cada vez más molona de canas, y al síndrome este del nido vacío que me roba la respiración cada vez que recuerdo que mis bebés caminan con paso firme y marcial hacia la mayoría de edad y el metro noventa, respectivamente. Ya no son miniyós. Ahora me sacan dos cabezas y -tampoco vamos a dramatizar- no me dejan que les peine ni que les ponga bien de colonia antes de salir de casa. Tampoco podría sin subirme a un algo. Ya no llego a sus cabezas, así que todo es de una pena sideral. De aquí a empezar a disminuir y a encorvarme me queda el tiempo de un suspiro.

Se me ha ido el discurso por las ramas de la maternidad, que es algo que me ocurre últimamente por esta dependencia-de-mami que van dejando de tener, que yo quería escribir sobre dos mil diecinueve y este abril que ya está aquí.

Así que volviendo al tema os confieso que meterme en un avión es el peaje que tengo que pagar para hacer lo que más me gusta en la vida (después de ser mamita de mis pins), que es viajar. A ver si inventan ya lo de teletransportarnos o alguna tardis molona que me evite estos quebraderos de cabeza previos a cualquier avión. La verdad es que no me gusta ni escribir sobre ello. Esto será el típico recurso rellenaperiódicos en plan leed lo que escribió unos días antes del hostiazo.

En fin, que en unos días salimos para Nueva York y aquí me tenéis exorcizando mis miedos. Este año, que ha llegado tan llenísimo de cambios y revoluciones en mi vida, está siendo un año de viajar (y que no pare) y las cosas que hace unos meses se veían lejanas e imposibles se están materializando a esta velocidad de vértigo que convierte a mis hijos en adultos y a mi cabeza en un barullo de canas. Los días pasan, las cosas molonas llegan y después de las cosas molonas más cosas molonas y después los cambios y después nuevos planes y si todo sigue su curso, este puede ser un año bien pichi. Y si me paro a pensarlo, a veces también da miedo esta vida bonita. 

Como los aviones.