miércoles, 16 de enero de 2019

¿madrugar para nadar?

Me cuesta infinito madrugar. Definitivamente no es lo mío. Admiro a las personas que se levantan de un salto y empiezan cada mañana con energía suficiente para sonreír. Se levantan de un salto, contentas, se preparan súperdesayunos, se ponen música y van dando saltitos a la ducha. Ya sabéis, esas personas. Yo soy más de croquetear en la cama, taparme con el edredón, dormirme denuevoperomal, despertarme, darme cuenta de que es tarde por mil, caerme de la cama y arrastrarme hasta la ducha con el peso de mil días sobre la espalda.

Mi actitud lamentable y agotada ante el nuevo día se agudiza hasta el infinito y más allá durante el invierno. Los días fríos son mi criptonita. Me debilitan. Si ya tengo poca energía cuando suena el despertatroz, en invierno llamadme sloth (el animal, no el Fratelli, aunque qué demonios, madrugando puedo ser los dos).


El caso es que, no sé cómo, he decidido empezar el año con una actitud de contraataque semicasivital a la pereza de mis mañanas. Me levanto igual de derrotada, pero con la firme intención de ir a nadar. Yo creo que es el primer propósito de año nuevo real de mi vida y de momento, con alguna excepción-nadie-es-perfecto, estoy llevándolo bastante bien y llevo varios días disfrutando de una piscina casivacía, porque quién en su sano juicio se pone a nadar a las 8 de la mañana.

Ya os adelanto que desde que me despierto hasta que entro en la piscina no dejo de preguntarme por qué hago estas idioteces. Hasta que entro, porque en el momento en el que me impulso, tachán, me concentro mágicamente en respirar y en avanzar y en estirar el cuerpo y en contar largos y en lo bien que me sienta el agua y en lo que me gusta nadar. Cuando salgo de la piscina me siento eufórica y extra fenomenal. Pero lo que me cuesta es un infierno.

Nadar es maravilloso. Me relaja. Me cansa. Me organiza. Me cuesta. Me cuesta infinito vencer a la pereza que habita en mí. Pero qué bien me siento cuando me sacudo de los hombros el polvo de la desgana.

Y aquí ando, pensando en lo que me va a durar el lío este de la natación. Espero que mucho, porque me encantísima y me hace sentir súper. Gestiono mejor los días y los estreses. A ver cuánto resisto medio ganando en esta batalla contra mí misma que libro cada mañana.

Porque de verdad, qué pereza es madrugar.



Esta imagen tan preciosísima que he puesto es Il tuffatore, una pintura griega que hay en una tumba en Paestum. Estuve allí hace unos años y qué preciosidad. Es un excepcional asentamiento griego en Italia que os recomiendo que visitéis si tenéis ocasión. 

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