lunes, 28 de enero de 2019

¡mandabasta!

Todos los años igual. Llega el invierno, aparecen las primeras mandarinas y se convierten en nuestros must del frutero. Me encantan. Compro todas las semanas. No nos quedamos sin. 

Todos los años igual, entrado ya el invierno un compañero del trabajo trae cajas de milmillones de kilos de mandarinas de Castellón y me puede el ansia. Me encantan. Me hago con (afortunadamente voy aprendiendo) media caja. Nos salen por las orejas. Empezamos a cogerles manía. Hago bizcochos de mandarina como para una boda. Las exprimo. Las comemos. Las regalamos. Nos colocamos en el abismo de la sobredosis de mandarinas.

Todos los años igual. Acabo angustiada de mandarinas y muchas de ellas terminan empochándose en el frutero en el que sus amigas más tempranas brillaban tan bonitas.

Y así he empezado esta semana, preguntándome cómo es que vivo en este bucle infinito de mandarinas. Cómo cada año pienso que voy a poder con todas, que los bizcochos son divinos (la verdad es que ya me salen bien primor), que qué aporte tan divino de vitaminas y tantas cosas más y cómo cada año -invariablemente- termino hastiada de mandarinas. 

Aparentemente solo me pasa con esta fruta. El resto bien y cuando llegan pues divino. Yo no sé qué tienen las mandarinas que me generan este colosal instinto acaparador.

Por lo demás también bien. 


Ayer quité el árbol de Navidad.

miércoles, 16 de enero de 2019

¿madrugar para nadar?

Me cuesta infinito madrugar. Definitivamente no es lo mío. Admiro a las personas que se levantan de un salto y empiezan cada mañana con energía suficiente para sonreír. Se levantan de un salto, contentas, se preparan súperdesayunos, se ponen música y van dando saltitos a la ducha. Ya sabéis, esas personas. Yo soy más de croquetear en la cama, taparme con el edredón, dormirme denuevoperomal, despertarme, darme cuenta de que es tarde por mil, caerme de la cama y arrastrarme hasta la ducha con el peso de mil días sobre la espalda.

Mi actitud lamentable y agotada ante el nuevo día se agudiza hasta el infinito y más allá durante el invierno. Los días fríos son mi criptonita. Me debilitan. Si ya tengo poca energía cuando suena el despertatroz, en invierno llamadme sloth (el animal, no el Fratelli, aunque qué demonios, madrugando puedo ser los dos).

viernes, 11 de enero de 2019

video killed the radio star

La tecnología y los bodrios han aplastado lo mío con los libros.

Hace siglos que no abro uno detrás de otro. Los acumulo, no es que no siga enamorada de ellos. Los acumulo, pero la vida y la tecnología los convierten en pilas, pilares, columnas, montones.

Puede que influya que las últimas lecturitas no me han interesando nada de nada de nada (con excepción de Five days in November, de Clint Hill, pero -entre nosotros- esto es más icónico-idílico-pop que otra cosa). Lo cierto es que hace tiempo que no leo algo que me quite el sueño y ahora el sueño va acompañado invariablemente de un podcast. Casi siempre de historia de América. A veces, de templarios y santos griales. Depende.

El caso es que sentarme a leer concatenando libros es algo que no hago desde hace muuuuchos meses. Es curioso cómo alterno etapas. Y es curioso también que esta está durando más de lo normal. Ya no leo por la noche y he perdido la rutina. Debe ser eso. Lo de perder el hábito, digo.

Por lo demás, he empezado el año con un kit nuevo de natación que me está dejando caer a la piscina todos los días a las 8 de la mañana. Con una pereza infinita antes y una gran algarabía después.

A tope. 

Así empiezo el año. Creando hábitos nuevos e intentando recuperar los antiguos molones.