lunes, 3 de junio de 2019

pero como no todo iba a ser regu

os cuento que me he colado en un club de lectura y estoy muy contentísima por tener la posibilidad de reunirme con las chicas una vez al mes para hablar de un libro y lo que surja. De momento los tres  que he leído me han encantado: La trenza, de Laetitia Colombani, Matar a un ruiseñor, de Harper Lee y 84 Charing cross Rd, de Helene Hanff.

Ahora tengo que empezar Kokoro, de Natsume Soseki, pero creo que voy a esperar al fin de semana, porque tengo a medias Una educación, entre otras cosas, y vísteme despacio que tengo prisa o el que mucho abarca poco aprieta (¿esto existe?).

De los tres libros que he leído (hay un cuarto que tengo en la pila de pendientes porque me incorporé al club un mes tarde, pero lo quiero leer) el más maravillosísimo SIN DUDARLO ni un segundo es Matar a un ruiseñor. Leedlo. De verdad. Leedlo porque es un libro espectacular. Es el típico "ya he visto la película" (a la sazón el peliculón) pero merece la pena leerlo aunque nos sepamos la peli de memoria.

84 Charing cross Road también tiene peli y también es especial. Género epistolar (ahí ya me ha ganado), muy cortito. Agradable y fácil de leer. Y sin ser de comentar en las reuniones estas, me recomendaron Nosotros en la noche, de Kent Haruf y me he comprado más de él porque qué preciosidad de historia. De hecho, tengo pendiente empezar no tardando mucho La canción de la llanura. Ya os contaré, porque este hombre ha sido todo un descubrimiento.

domingo, 2 de junio de 2019

la vida

Adelanto que vengo de una semana de mierda sideral. Si no estáis dispuestos a leer mal humor ya podéis ir cambiando de historia.

Acabo de cambiar de trabajo y el cambio de trabajo ha supuesto todo un tsunami en mi vida. Puedo decir que ha cambiado todas mis estructuras vitales y que ahora ando de voltereta en voltereta.

Además de los cambios y de las volteretas y los atascazos a todas horas me siento totalmente frustrada porque siento que estoy haciendo algo que no quiero hacer. Yo quiero hacer otra cosa y he elegido esta opción por miedo a que lo otro me salga mal porque -entre nosotros- no puedo arriesgarme a no tener ingresos. Lo que viene a ser el sentido común frente a los sueños. Lo típico.

Supongo que mi actitud está siendo bastante gris y ya sabemos que el gris solo trae tormentas y cada día es gris y las semanas se me hacen eternas y espero con desesperación que me cambie el chip y poder empezar a disfrutar de esta nueva etapa que, por otra parte, no está nada mal o no lo hubiera estado si no hubiera fantaseado con otras alternativas mucho más acordes conmigo misma.

lunes, 27 de mayo de 2019

viento del Este

Creo que Mary Poppins es una de mis historias favoritas y ahora que se están sucediendo mil cambios en mis días, me viene una y otra vez a la cabeza la cancioncilla con la que se anuncia su llegada. 

"Viento del Este y niebla gris anuncian que viene lo que ha de venir. No me imagino qué va a suceder, mas lo que ahora pase ya pasó otra vez".

Me encanta la imagen del viento anunciando los cambios que llevan consigo todos los comienzos. Y justo ahora que estoy comenzando de nuevo a los 45 pienso en el viento del Este y en todo lo que va a traer y en los nuevos caminos que estoy empezando a transitar.

Ando llena de nostalgia por lo que ha terminado y de incertidumbre por lo que estoy emprendiendo. Parece que un día pararán, pero no, las volteretas que nos da la vida se suceden y te alborotan cuando menos te lo esperas.

Y lo mejor es aceptarlas con amor y con ganas de seguir evolucionando, riendo y aprendiendo. 

Que no sabemos lo que ha de venir, pero seguro que nos sirve.

Así que vamos a aceptarlo y a disfrutarlo.

L.


sábado, 4 de mayo de 2019

en el Met

Os voy a contar una sensación curiosa que tuve en algunas de las salas del Metropolitan, en Nueva York, y voy a ser breve.

Es un museo enorme, tan enorme que tiene dentro, por ejemplo, un templo egipcio o un jardín japonés. Hay salas y salas y salas y paseando por ellas prácticamente puedes transportarte a cualquier lugar del mundo.

Bien, pues como yo soy fan de la historia americana decidí dejar a un lado otras cosas y encaminarme hacia la zona que me interesaba. Que si una escultura de Lincoln por aquí, que si un busto de Franklin por allá (recomiendo encarecidamente su autobiografía), que si una reproducción de una casa por aquí, que si una pintura de Washington cruzando el Delaware por allá y así fui disfrutando del entorno hasta que llegué a unas salas llenas de cuadros y esculturas de vaqueros y de indios.

Y lo que os quería contar es que me quedé estupefacta porque estas expresiones artísticas son totalmente ajenas a nuestra realidad. Por un momento pensé pero, pero... ¿esto qué es? y al segundo reaccioné y no me quedó más remedio que admirar cómo usaron su tradición artística para expresar su realidad, una realidad que para nosotros es John Wayne o la ficción del cine.

Me resultó impactante el uso de nuestras técnicas tradicionales, evidentemente suyas, para contar cosas que no nos representan histórica ni culturalmente para nada. No me estoy explicando nadísima bien. Quiero decir que ves una pintura japonesa y por técnica, materiales, temática, estilo, etc la identificas como algo ajeno. En este caso la técnica y el estilo son propios, pero ostras, hay un indio en el cuadro y eso así según llegas es, por lo menos, curioso. Ya digo que el impacto duró un segundo, pasado el cual aluciné y disfruté muchísimo de esta parte del museo. Los cuadros que más me llamaron la atención fueron los de Charles Schreyvogel, por si queréis echar un vistazo a su vidaobra por internet, pero había más de otros pintores. Resulta que el western es también todo un estilo artístico y yo 45 años sin imaginarlo siquiera. Qué cosa, el desconocimiento y qué maravilla viajar (y leer) para curarlo.

Me quedé tan sorprendida que hice algunas fotos que es algo que no suelo yo hacer (fotos de cuadros), pero es que me encantaron y pensé que me iba a apetecer verlas en casa.  Y aquí me ha asaltado de nuevo el siglo XIX en América, según descargaba las fotos del viaje en el ordenador. Y oye, tenía que compartir esta movida. De verdad. Qué descubrimiento más fenomenal. 

En fin, las cosas que se me pasan por la cabeza, ya sabéis. Es lo que hay y así os lo cuento.

Hasta la próxima ocurrencia.

L.

martes, 23 de abril de 2019

turbulencias

Que te encante viajar y te aterrorice ir en avión es la mierdísima más grande del mundo. Os lo digo como es. Mierda. No soporto ir en avión, no soporto que se vaya acercando el momento, no soporto entrar, sentarme, el despegue, las nubes, las turbulencias, no soporto sobrevolar el mar, ni las montañas, no soporto aterrizar, el viento, los pájaros. Ir en avión me da un miedo infinito, pero como reconozco su utilidad hago de tripas corazón y paso el mal rato lo mejor que puedo: mal.

Reconozco que he perdido los nervios a bordo de un avión en más de una ocasión. Y que he echado hasta la primera papilla en otra. Reconozco que me maravillan las personas que se meten en un avión como en la panadería, tan pichis. A mí me supera. Yo sería feliz si pudiera viajar inconsciente de A a B, como el del equipo A.

De hecho, volviendo de NY conseguí cerrar los ojos muy fuerte después de la merienda y aunque solo medio dormité no los abrí hasta que estábamos como a una hora y media de aterrizar. O sea, que medio inconscienteé como cinco horas y qué felicidad, porque el último tramo se me hizo eterno. Qué turbulencias, qué meneos, qué descensos repentinos, qué montaña rusa y yo qué ansiedad. Mi pobre M (que sabe lo mío con los aviones), me cogía la mano fuerte y me decía naaada, tú tranquila que vamos bien. Y yo sí, sí, sin sangre corriendo por las venas y pensando que caerse al atlántico es el fin porque total, volando sobre tierra todavía hay opciones de aterrizar mal que bien en alguna carretera abandonada y que a ver si veo ya la costa y nos salvamos un poquito más y mil desasosiegos de ese estilo.

Me espanta montarme en un avión, pero como no tengo otro modo de hacer lo que más me gusta en el mundo (haber hay otros, pero este es el más práctico) me subo y paso el peor rato de mi vida y hasta la próxima que espero que no tarde en llegar.

domingo, 21 de abril de 2019

Nueva York es siempre una buena idea


Mi bebé C cumple 18 en unos meses y como regalo especial de cumpleaños especial le organicé un viaje a NY. Por cosas de pasaportes, visados y sus propios planes de futuro, adelantamos el viaje a abril y ahora que ya estamos de nuevo en mi pequeño Madrid os cuento que ya estoy fantaseando con volver a USA. 

Esta vez hemos paseado por Nueva York y Filadelfia y, como no podía ser de otra manera, nos hemos dejado tantísimas cosas por hacer, se nos ha quedado todo tan a medias, que ya estoy dando vueltas a cómo y cuándo volver a hacer otras cuantas. Y es que qué país. Siempre que voy vuelvo con ganísimas de más.

Como CyM no habían estado antes en NY hemos recorrido todas las tipicadas y aunque yo he repetido, me alegro de haber tenido la ocasión de enseñárselas a ellos. He disfrutado millones subiendo al empire y al top of the rock, paseando por Bryant Park (mi plaza preferidísima) y por la quinta avenida, montando en bici por central park, dejándonos caer por la catedral de San Patricio o Wall Street, paseando hasta la ONU, visitando la estatua de la libertad y Ellis Island, viéndoles patinar en el Rockefeller (como veis, no nos hemos perdido ni una), en los museos, en las tiendas, en las avenidas y en las calles, en la zona cero, en Chinatown y en Little Italy, tocandosaltando el piano en la F.A.O. Schwartz, siendo provincianos en Times Square...


Oye, nos hemos regalado la experiencia completa.

Como además tenemos vidas previas en Estados Unidos, hemos aprovechado para comer en sitios que nos molan, como chick-fil-A o Olive Garden y para comprar cosas que nos gustan de allí y que echamos siempre de menos en casa. 

Y también hemos hecho cosas nuevas para mí como lanzarnos a la búsqueda de la casa de Friends, merendar en la torre Trump, ver LA exposición sobre Walt Whitman, mi escritor preferidísimo de la vida (ni os imagináis la emoción al ver sus manuscritos), pasear por Unión Square un día de mercado, ir al zoo, buscar el homenaje a Jackie Kennedy en la estación central, ir en bucle a comprar cupcakes a Magnolia Bakery, ir a un partido de los Knicks (aunque nosotros seremos para siempre de los Rockets) y engancharnos a otro de baseball en central park (en este caso ibamos con los dead poets), perdernos en librerías pichis o ir a Filadelfia, la ciudad del amor fraternal, que es una experiencia que os recomiendo mucho si vais a NY porque está muy cerca y es muy, muy accesible para ver en uno o dos días. Nosotros fuimos en autobús y tardamos una hora y media en llegar, así que no tuvimos ni que madrugar. 



Yo soy muy entusiasta de la historia de los EEUU y visitar la parte antigua de esta ciudad es muy interesante. En ella se declaró la independencia, se firmó la Constitución, se cosió la primera bandera, se construyó el primer banco y está la calle más antigua del país, entre otras mil cosas todas bien interesantes. Toda la parte antigua de la ciudad está convertida en un museo. Se puede entrar en algunas casas que se mantienen "como eran" (la de Benjamín Franklin, la casa en la que Jefferson redactó la declaración de independencia, el independece hall) y en otros edificios que se han reconvertido en museos. Una cosa importante, si vais, es ir a coger las entradas lo primero primerísimo porque el acceso a todos estos sitios es gratuito y las entradas se agotan en un pispás. Si no hay opción se puede ver por fuera divino también y si te pones en la cola y no hay gente suficiente te dejan pasar sin entrada (eso me dijo el hombre amabilísimo que me atendió cuando llegamos).

Por supuesto, además de la zona histórica, en Filadelfia hay mil cosas más que ver (aparte de las escaleras por las que subía Rocky Balboa) y, en mi opinión, es una buena idea no perdérselas. De hecho, pienso volver.

Volviendo a Nueva York, en serio, qué ciudad. No me canso de ella. Podría ir mil veces y mil veces sería feliz. Cuando estábamos recorriendo en bici central park (todo tan en flor, todo tan divino) me giré hacia C y me salió un maravilloso "la felicidad es montar en bicicleta por central park una mañana de primavera, ¿no te parece?". Y vaya que se lo parecía. Es que qué felicidad, qué paz, qué alegría, qué mágico, qué penísima volver. Qué maravilla haber ido y haber vivido los tres juntitos la experiencia y qué maravilla ponerme a planear otro viaje allí. Aunque volvamos a tardar dos años en ir, sé que merecerá la pena, porque Nueva York es siempre una buena idea. 

lunes, 1 de abril de 2019

Y en abril...

El tiempo vuela y si no que se lo digan a dos mil diecinueve, a mi cabeza, cada vez más molona de canas, y al síndrome este del nido vacío que me roba la respiración cada vez que recuerdo que mis bebés caminan con paso firme y marcial hacia la mayoría de edad y el metro noventa, respectivamente. Ya no son miniyós. Ahora me sacan dos cabezas y -tampoco vamos a dramatizar- no me dejan que les peine ni que les ponga bien de colonia antes de salir de casa. Tampoco podría sin subirme a un algo. Ya no llego a sus cabezas, así que todo es de una pena sideral. De aquí a empezar a disminuir y a encorvarme me queda el tiempo de un suspiro.

Se me ha ido el discurso por las ramas de la maternidad, que es algo que me ocurre últimamente por esta dependencia-de-mami que van dejando de tener, que yo quería escribir sobre dos mil diecinueve y este abril que ya está aquí.

Así que volviendo al tema os confieso que meterme en un avión es el peaje que tengo que pagar para hacer lo que más me gusta en la vida (después de ser mamita de mis pins), que es viajar. A ver si inventan ya lo de teletransportarnos o alguna tardis molona que me evite estos quebraderos de cabeza previos a cualquier avión. La verdad es que no me gusta ni escribir sobre ello. Esto será el típico recurso rellenaperiódicos en plan leed lo que escribió unos días antes del hostiazo.

En fin, que en unos días salimos para Nueva York y aquí me tenéis exorcizando mis miedos. Este año, que ha llegado tan llenísimo de cambios y revoluciones en mi vida, está siendo un año de viajar (y que no pare) y las cosas que hace unos meses se veían lejanas e imposibles se están materializando a esta velocidad de vértigo que convierte a mis hijos en adultos y a mi cabeza en un barullo de canas. Los días pasan, las cosas molonas llegan y después de las cosas molonas más cosas molonas y después los cambios y después nuevos planes y si todo sigue su curso, este puede ser un año bien pichi. Y si me paro a pensarlo, a veces también da miedo esta vida bonita. 

Como los aviones.

martes, 12 de marzo de 2019

Viva yo

Será el buen tiempo, será que hay sol, serán los días molones, será el calor. Que pasado veo el mar, que me voy a tatuar un faro, que he vuelto a la obsesión de leer. Que tengo planes. Que se avecinan cambios. Será que cumplo años y cada año me gusto más. Será que me divierto. Será que lloro cuando toca llorar. Serán las risas. Será que me encanta comer. Será nadar. Serán los bailes. Serán mis pins, que son lo más y lo mejor. Será mi malísimo humor. Será mi sentido del humor. Será la hipersensibilidad. Serán las cosas que me gustan. Serán las que no. Serán las personas que me caen bien. Será alejarme de las que no soporto. Serán los libros. Serán los Kennedy. Serán las cosas que me toca empezar y las que voy a dejar por el camino. Serán las cosas que me han traído hasta aquí. Y las personas. Será la música. Será el chocolate. Serán los días que no toca madrugar. Serán las pamelas. Serán mis abuelos. Los cuatro. Será que me voy conociendo y molo mil y a veces cero. Serán las fotos de estrella. Será comer fresas aunque no debo. Será la naturaleza. Serán las cosas que me dan miedo. Serán las pérdidas y las ganancias. Serán los personajes secundarios de mi vida. O no serán. Será la lluvia. Y todas las mujeres que vivieron antes y me enseñan. Será aprender. Será el mundo analógico. Serán Kandinsky y Hopper y Bernini y  será Italia. Será Bach. Será Satie. Será Miles. Será la timidez. Y bañarme en el mar. Será sobreponerme. Será cosa del yoga. Será la ternura. Y las casualidades. Será pasear. Será la noche. Será que me encanta escribir. Serán las flores. Serán las olas. Serán todos los sitios que me gustan. Será hablar en inglés. Y en italiano. Será que no quiero dejar de aprender, de descubrirme. Será viajar. Será que me gusta cómo voy creciendo y que me gustan todas las imperfecciones que me construyen. Será que me conozco y que me quiero como soy. Con las cosas buenas. Con las malas. 

Será eso. 

O no será.

lunes, 11 de marzo de 2019

preparando un miniviaje

Esta semana se presenta, como poco, diferente. No sé si bien o mal. Los viajes en avión me espantan multiplicado por mil y eso es regu (no llega a mal) y los viajes de trabajo aunque son molones son estrés.

Pero si todo sale bien conoceré Sofía y repasearé por la península de Halkidiki, en Grecia, que me resulta divinísimo, la verdad. Mucho mejor, dónde va a parar, que este estar en la oficina escuchando voces y voces que blablablá y ñiñiñí.

Para esta vez me he pedido un buen paseo por Estagira. Jo, y si pudiera darme un baño en el mar ya sería la bomba, aunque me conformaré con una metida de pies. Me encantaría saber dibujar y llevar a mis viajes una libreta y pinturas y hacer dibujos de los rincones. Me imagino sentada en cualquier piedra dibujando, coloreando. ¿No os parece una ocupación bien romántica? A mí sí. Oye, lo mismo me animo y meto una caja de pinturas en la maleta, porque lo de las acuarelas va a ser mucho engañarme a mí misma. Venga, bah. ¿Quién dijo miedo?

viernes, 8 de marzo de 2019

un libro bah me ha traido hoy hasta aquí

El otro día me compré un libro de chicas porque pffff salía Nueva York y como Nueva York es casi ya en mi feliz vida viajera pues esas cosas. El libro de chicas bah, entretenido y tal, aunque podéis imaginar que no va para Pulitzer. Tremendas mayúsculas, folleteos varios, amiguísimas que lloran, tacones y chándales, viajes molones por mil porque es un libro de chicas pichis con trabajos divinos y dinero a mansalva.

Dentro de las alocadísimas peripecias de la prota, se cuenta un reencuentro de esos de 30 años después, alocadísimo también, con las amigas del cole. Que si qué bien te veo, que si te has divorciado del guapo, que si qué haces, que si qué niños, que si qué bien que trabajes aquí, lo que viene a ser un reencuentro egebero estándar.

Y al leerlo me encontré pensando en el que he vivido yo en febrero y en que había pensado contarlo por aquí y en que al final me dejo las cosas molonas y tengo este espacio más abandonado que la dieta de Depardieu.

Y no me voy a poner ahora a diseccionar mi encuentro porque ya no viene a cuento y con el destrozo neuronal que paseo por España, que estoy segura que se debe a los madrugones (no estaría ni mal convertirme en una chica pichi de libro, que solo madruga y lo justo para meterse en un avión) puede que ni pueda hilar recuerdos, PERO tengo que decir que moló mil, que me lo pasé en grande, que estamos todos igual y que mis compañeros del cole son casa.

Estar con personas a las que no ves desde hace 100 vidas pero con las que has pasado tanto tiempo que te conocen mejor que tú es descansadísimo.

Y como esto de arriba lo escribí ayer y lo tuve que dejar a medias por estrés laboral máximo y hoy se ve que no tengo la inspiración adecuada cierro con un gran por lo demás bien, encadenando fines de semana, como todos, y con una semana diferente tirando a guay a la vista porque viajar siempre es bien y voy a hacerlo. Toca Bulgaria-de-pasada y Grecia. También espero una buena porción de mar. Y el mar, amigos, siempre es buena cosa.

L.

jueves, 28 de febrero de 2019

como si me diera igual

Molaría vivir como si me diera igual que esa mujer me mire mal por existir. Molaría vivir como si me diera igual que esa otra se piense que soy mas idiota que ella. Molaría vivir como si me diera igual sentir esta angustia dentro o como si me diera igual saltar al vacío.

Molaría levantarme cada mañana como si me diera igual que ya no estés o como si no me importara esta casa desordenada. Molaría montarme en el coche y conducir como si me diera igual a dónde ir. Molaría nadar como si no me importara contar largos. Me gustaría pasear por Madrid de noche como si me diera igual el día siguiente.

Me encantaría tomar decisiones como si me diera igual mi futuro y relacionarme con los demás como si me diera igual lo que piensen. Molaría bailar como si me diera igual que haya gente mirándome. Me encantaría hacerlo como si no me importara lo mucho que me duele, entre otras cosas, la cabeza.

Me gustaría dormir como si me diera igual madrugar, asumir obligaciones como si me diera igual cumplirlas. Me gustaría viajar como si me diera igual no tener dinero para alimentarme. Me gustaría estudiar como si me diera igual el resultado.

Me encantaría leer como si no me importara el tiempo y despertarme contenta como si no me importaran las cosas malas de cada día. Me gustaría escribir como si me diera igual que nadie me lea.

Me encantaría dar un precioso, largo y verde paseo viendo el mar como si me diera igual no volver a hacerlo entre Mundaka y Bermeo.

Me gustaría vivir todas las vidas que me quedan como si me diera igual perderlas.

lunes, 18 de febrero de 2019

pura magia


 Me enteré de que se abría una nueva librería en Madrid e inmediatamente sentí el impulso de visitarla. No porque fuera una librería (que ya es un motivo en sí), no porque fuera pequeña (sin despreciar a las grandes superficies, lo que se vive en una librería pequeña es bien especial), no por las imágenes que vi de ella... Lo que me impulsó a buscarla fue su nombre: amapolas en octubre, tan maravillosamente atractivo como para plantarme allí el sábado.

Estaba enseñando Madrid, mi ciudad, a tres amigas (una de aquí, otra de Italia y otra de Suiza) y -aunque no era el día porque teníamos planes por encima de nuestras posibilidades- bajando por Fuencarral pensé, qué demonios, y las engatusé para que me acompañaran va-a-ser-un-segundito a la calle Pelayo. Tenía tantas ganas de conocer la librería que estando tan cerca no me pude contener.

Entramos y aún no sé qué me provocó un grandísimo ataque de locuacidad. Yo creo que sentí el lugar acogedor de inmediato. 

Amapolas en octubre es casa. 

miércoles, 13 de febrero de 2019

being pichi

Hace unos meses estaba paseando por Bérgamo* con un par de amigas. Una de ellas, Anna, es italiana pero habla nuestro idioma con bastante fluidez así que, aunque a mí me mola darle vidilla a mi italiano, íbamos hablando en español.

Para los que no me conocéis, cuando cojo confianza primero y carrerilla después, puedo conseguir hablar por encima de las posibilidades humanas y -no me había dado cuenta hasta entonces- parece que lo hago de forma muy expresiva, pero con bastante poco rigor.

Uso muchas onomatopeyas, palabras inventadas, expresiones raras y acompaño el discurso con muchísimos gestos de la cara y de las manos. Soy una sopa de letras y me di cuenta cuando Anna en un momento determinado me preguntó, ¿qué es pin pan?, que es una expresión que utilizo millones chascando los dedos, además.

martes, 12 de febrero de 2019

Tout les matins du monde

Salgo del coche, cojo la mochila y saco la tarjeta. Me coloco la mochila (bien, cada asa en el hombro que corresponde) y camino hacia la pisci. Buenos días, entro e involuntariamente miro la temperatura. Siempre es la misma. 30,5º en la piscina pequeña, 28º en la grande. El día que cambie me temblará un ojo. Unos cuantos pasos, empujo la puerta, entro en el vestuario y me dirijo al mismo sitio. Dejo la mochila sobre el banco. Me quito el abrigo y lo cuelgo en la misma taquilla (la última a la derecha en la fila de abajo). Abro la mochila y saco, por este orden, chanclas que coloco alineadas en el suelo, toalla, gafas, gorro y candado. Cierro la mochila y la vuelvo a abrir. Cojo el champú y lo dejo en el bolsillo delantero, a mano para cuando salga. Me quito los zapatos y los calcetines. Me pongo las chanclas sin pisar el suelo. Pongo los calcetines dentro de los zapatos en el orden en el que me los he quitado. Los coloco en la taquilla, debajo del abrigo. Me quito el pantalón y lo meto en la mochila. Me quito lo que sea que lleve arriba y lo meto en la mochila. Meto la mochila en la taquilla y la cierro. La llave está en una goma que me coloco en la muñeca derecha. Me pongo en gorro, cojo la toalla y las gafas y salgo del vestuario. Observo las calles y decido en cuál voy a nadar. Si están libres las dos del fondo las prefiero. Camino hacia el final. Dejo la toalla y me quito las chanclas. Voy hacia el borde de la piscina pensando que no me ducho porque me acabo de duchar y total no tiene sentido. Me pongo las gafas. Me siento en el borde y del tirón me meto y empiezo a nadar (solo me he tirado una vez). Empiezo a crol. Lo prefiero mucho. Cinco largos a crol respirando por la derecha. Uno de espaldas. Cinco a crol respirando por la izquierda. Uno de espaldas. Cinco a braza (el sol me molesta en los largos 2 y 4. Cierro los ojos al salir y los abro debajo del agua). Uno de espaldas. Cinco a crol respirando por la izquierda. Uno de espaldas. Cinco a crol respirando por la derecha. Uno de espaldas. Salgo de la piscina. Me pongo las chanclas y no uso jamás la toalla (no la quiero mojar porque me voy a duchar y la prefiero seca). Pienso ¿por qué la traigo? Me quito el gorro. Lo escurro y vuelvo al vestuario. Justo antes de entrar vuelvo a escurrirlo. Abro la taquilla y cojo el champú. Me meto en la misma ducha. Coloco las gafas y el gorro en una percha y la toalla en otra, con cuidado para que no se moje al abrir el grifo. Coloco el champú y la goma con la llave del candado en una estantería. Pulso el grifo. Cojo el gorro y lo enjuago mientras se calienta el agua. Lo vuelvo a colgar. Se acaba el agua (va con temporizador). Vuelvo a pulsar y me meto debajo. Me quito el baña. Vuelvo a pulsar. Me lleno el pelo de jabón. Vuelvo a pulsar. Lo enjuago. Vuelvo a pulsar. Lo escurro. Cojo la toalla y la coloco alrededor del cuerpo, que se refleja en el suelo. Vuelvo a escurrirme el pelo. Cojo el gorro, las gafas y el bañador. Salgo de la ducha. Cojo la mochila y los zapatos y entro en un vestuario. Pienso que no me importa desnudarme delante de la gente (me he bañado en bolas en el mar y lo volveré a hacer), pero que habrá gente a la que le incomode entrar en un vestuario y ver a otros desnudos. Separo el banco de la pared (para que no se moje). Cuelgo en una percha a la izquierda el gorro, las gafas y el baña. Dejo la mochila a la derecha y los zapatos en el suelo. Me seco el cuerpo y me enrollo la misma toalla en la cabeza. Saco la ropa de la mochila. Y la crema. Y el desodorante. Me echo el desodorante y me pongo la crema (más o menos despacio dependiendo de la prisa que tenga). Me visto. Me peino. Guardo el gorro y las gafas en una bolsa de plástico y el baña en otra. Las cierro al vacío. Las meto en la mochila. Meto las chanclas y la toalla. Cierro la mochila. Salgo del vestuario y dejo la mochila en el sitio en el que la dejé al llegar. Me seco el pelo en la máquina, que se apaga 3 veces. Cojo el abrigo de la taquilla. Me pongo la mochila (bien, cada asa en el hombro que le corresponde). Salgo del vestuario. Salgo de la piscina. Hasta luego. Camino hacia el coche. Vuelta a la ¿rutina?

Soy un animal de costumbres. Me maravillo al descubrir que hago lo mismo cada día. A veces rompo los esquemas y nado sin contar largos o cambio de taquilla o me seco el pelo en 5 veces en vez de en 3. Hoy he cambiado de ducha y me ha gustado más. En la de esta mañana el agua sale con mucha más presión. Y ahí, en la ducha, he pensado en las cosas que nos perdemos por nuestras manías y nuestras buenas costumbres.

lunes, 11 de febrero de 2019

Tengo una amiga que

Conoce a una mala mujer. 

Si pudiera, si supiera, la colocaría de protagonista sin desperdicio de un libro. Y recorrería todas las librerías vendiendo su (su) historia. La historia de una ignorancia sideral disfrazada de soberbia. La historia del despotismo paleto. La historia de la mujer que se vanagloriaba de haber contratado al "bonsái", el famoso ballet ruso. Así es su ignorancia. Solo comparable en magnitud a su maldad. 

Imaginad.

El libro sería sarcástico, irónico, bobalicón. Si supiera escribirlo lo haría y si fuera bruja lo convertiría con un golpe mágico de varita en el libro más leído del año. En España. En el mundo. Le encantaría ridiculizarla en todos los idiomas. Y no. Esto no la coloca a su nivel. Su maldad no es como la de la vieja bruja. Su maldad es de magia blanca, de bruja buena, de robinhooda de los bosques.

La de la otra es asquerosa.

Podéis imaginar que la bruja vieja de Mordor la tiene tomada con ella. Le lanza hechizos que esquiva con elegancia, conteniendo con mucha fuerza de voluntad las ganas de ponerse a su nivel, de dar un paso hacia el lado oscuro. De disparar a dar.

Mi amiga se contiene. Se esconde para evitar que le alcancen los rayos negros que le salen de los ojos a la bruja vieja. La espuma amarilla que vomita cada vez que abre la boca. Se contiene y se esconde y se siente indefensa. No porque no se pueda defender, sino porque ha elegido no hacerlo. No acercarse a ella es su defensa, su táctica. Pero no mola. En días como hoy, en los que recibe sus ataques furiosos, el cuerpo le pide devolverle el golpe con contundencia, pero no lo hace. Se para, respira y hace caso a la razón. 

Se encierra y se imagina colocándola de protagonista ridícula de una historia de brujas.

lunes, 28 de enero de 2019

¡mandabasta!

Todos los años igual. Llega el invierno, aparecen las primeras mandarinas y se convierten en nuestros must del frutero. Me encantan. Compro todas las semanas. No nos quedamos sin. 

Todos los años igual, entrado ya el invierno un compañero del trabajo trae cajas de milmillones de kilos de mandarinas de Castellón y me puede el ansia. Me encantan. Me hago con (afortunadamente voy aprendiendo) media caja. Nos salen por las orejas. Empezamos a cogerles manía. Hago bizcochos de mandarina como para una boda. Las exprimo. Las comemos. Las regalamos. Nos colocamos en el abismo de la sobredosis de mandarinas.

Todos los años igual. Acabo angustiada de mandarinas y muchas de ellas terminan empochándose en el frutero en el que sus amigas más tempranas brillaban tan bonitas.

Y así he empezado esta semana, preguntándome cómo es que vivo en este bucle infinito de mandarinas. Cómo cada año pienso que voy a poder con todas, que los bizcochos son divinos (la verdad es que ya me salen bien primor), que qué aporte tan divino de vitaminas y tantas cosas más y cómo cada año -invariablemente- termino hastiada de mandarinas. 

Aparentemente solo me pasa con esta fruta. El resto bien y cuando llegan pues divino. Yo no sé qué tienen las mandarinas que me generan este colosal instinto acaparador.

Por lo demás también bien. 


Ayer quité el árbol de Navidad.

miércoles, 16 de enero de 2019

¿madrugar para nadar?

Me cuesta infinito madrugar. Definitivamente no es lo mío. Admiro a las personas que se levantan de un salto y empiezan cada mañana con energía suficiente para sonreír. Se levantan de un salto, contentas, se preparan súperdesayunos, se ponen música y van dando saltitos a la ducha. Ya sabéis, esas personas. Yo soy más de croquetear en la cama, taparme con el edredón, dormirme denuevoperomal, despertarme, darme cuenta de que es tarde por mil, caerme de la cama y arrastrarme hasta la ducha con el peso de mil días sobre la espalda.

Mi actitud lamentable y agotada ante el nuevo día se agudiza hasta el infinito y más allá durante el invierno. Los días fríos son mi criptonita. Me debilitan. Si ya tengo poca energía cuando suena el despertatroz, en invierno llamadme sloth (el animal, no el Fratelli, aunque qué demonios, madrugando puedo ser los dos).

viernes, 11 de enero de 2019

video killed the radio star

La tecnología y los bodrios han aplastado lo mío con los libros.

Hace siglos que no abro uno detrás de otro. Los acumulo, no es que no siga enamorada de ellos. Los acumulo, pero la vida y la tecnología los convierten en pilas, pilares, columnas, montones.

Puede que influya que las últimas lecturitas no me han interesando nada de nada de nada (con excepción de Five days in November, de Clint Hill, pero -entre nosotros- esto es más icónico-idílico-pop que otra cosa). Lo cierto es que hace tiempo que no leo algo que me quite el sueño y ahora el sueño va acompañado invariablemente de un podcast. Casi siempre de historia de América. A veces, de templarios y santos griales. Depende.

El caso es que sentarme a leer concatenando libros es algo que no hago desde hace muuuuchos meses. Es curioso cómo alterno etapas. Y es curioso también que esta está durando más de lo normal. Ya no leo por la noche y he perdido la rutina. Debe ser eso. Lo de perder el hábito, digo.

Por lo demás, he empezado el año con un kit nuevo de natación que me está dejando caer a la piscina todos los días a las 8 de la mañana. Con una pereza infinita antes y una gran algarabía después.

A tope. 

Así empiezo el año. Creando hábitos nuevos e intentando recuperar los antiguos molones.