martes, 10 de abril de 2018

SEND PARAGUAS @ Lucía - plaza del pueblo 1 28410 Manzanares El Real

Los paraguas me chiflan.

Cuando era pequeña deseaba los días de lluvia solo por coger -por fin- mi paraguas y caminar por la calle con él. Me encantaba verme en los escaparates. También me gustaban las katiuskas, y cuando me las ponía inevitablemente cantaba aquella de Enrique y Ana de las botas. De hecho, ha sido pensar en la palabra katiuska y ponerme a tararearla. Qué cosa, el cerebro. Me gustaban los paraguas de plástico, sobre todo aquellos con forma de iglú. Recuerdo hasta su olor, y el ruido que hacían al abrirse.

Cuando era jovencita los coleccionaba. Me encantaban los paraguas grandes, con mango de madera. Tenía muchos y muchos los compraba en otros países como recuerdos de viaje. Tenía muchos, pero casi siempre utilizaba el mismo. Uno grande, con una reproducción de un cuadro. Lo perdí. 

No llevo la cuenta de los paraguas que he perdido.

Los paraguas desaparecieron de mi vida durante los años en los que viví en Inglaterra. Allí me acostumbré a las capuchas y los chubasqueros, mucho más prácticos para aquel clima de lluvia permanente. Y cuando volví a España me instalé en el centro de Madrid, donde los paraguas no son una buena idea, creedme.

Pasear por la Gran Vía una tarde de lluvia con un buen paraguas abierto es bien (si la lluvia es abundante y ha conseguido medio vaciar la calle), hacerlo como parte de tu día a día, con prisas, de reunión a reunión y tiro porque me lleva la corriente es un disgusto asegurado.

En algún lugar entre las Midlands y la Gran Vía diluí mi afición por los paraguas y al instalarme en Manza los catapulté directamente al compartimento cerebral de los recuerdos. Esto es el campo, señores, y estando acostumbradísima a las capuchas, ¿quién necesita paraguas aquí?

Y 2018.

Llega abril de 2018 y quiero un paraguas. Necesito un paraguas. Me urge un paraguas. Quiero volver a ellos. Rebusco entre los trastos del cuarto de atrás y -sabía que estabas por aquí- encuentro uno pequeño, azul, publicitario sin publicidad a la vista, que me regalaron hace unos años y escondí, total, yo no uso paraguas. Lo rebusquísimo, lo encuentro y salgo con él de casa sintiéndome feliz. Como cuando cantaba la canción de las botas. Lo pierdo. No tengo costumbre de paraguas, todos mis abrigos tienen capucha y me pasa lo de olvidármelo sobre cualquier mesa.

Hoy llueve. Adorísimo los días de lluvia. Me pongo el abrigo con capucha y no puedo resistir la tentación de coger el paraguas de Claudia. Lo cojo, salgo al portal. Llueve a mares. La felicidad. Me hago una foto con él y se la envío. Me hago otras dos y se las envío también. Espero no perderlo. Voy feliz andando hacia el trabajo. Años y años de capuchas fulminados por este inesperado renacimiento de mi amor por los paraguas.

Ha empezado una nueva etapa y ahora los quiero todos.

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