miércoles, 11 de abril de 2018

un día feliz

Hoy está resultando un día de mierda.

Estaba comentándolo con mis compañeros de trabajo y de repente me ha venido a la cabeza una canción de La Unión de hace mil años que se llama como el título de esta entrada y viene a decir

Esto no es lo que se dice un día feliz
hoy el sol, el sol, no brillaba para mí
lo supe desde que comenzó
desde el momento en que puse un pie en el suelo

Y desde entonces estoy a tope de al-mal-tiempo-buena-cara, no-hay-mal-que-cien-años-dure y reír-por-no-llorar. También estoy a tope de cantar en bucle mi nueva canción favorita para los días de mierda.

... y pensando que si esto no remonta terminaré abril muy en modo Dancing in the dark, de Springsteen, que por cierto es una canción de canciones y me gusta tanto que os la cuelgo aquí por si no la tenéis muy a mano.


Y así es como se transforma un día de mierda en un día de mucho bailar. Qué grandísimo es Bruce.

Y es que la música es magia y definitivamente cantar y bailar hace que los días malos resulten más llevaderos.

martes, 10 de abril de 2018

SEND PARAGUAS @ Lucía - plaza del pueblo 1 28410 Manzanares El Real

Los paraguas me chiflan.

Cuando era pequeña deseaba los días de lluvia solo por coger -por fin- mi paraguas y caminar por la calle con él. Me encantaba verme en los escaparates. También me gustaban las katiuskas, y cuando me las ponía inevitablemente cantaba aquella de Enrique y Ana de las botas. De hecho, ha sido pensar en la palabra katiuska y ponerme a tararearla. Qué cosa, el cerebro. Me gustaban los paraguas de plástico, sobre todo aquellos con forma de iglú. Recuerdo hasta su olor, y el ruido que hacían al abrirse.

Cuando era jovencita los coleccionaba. Me encantaban los paraguas grandes, con mango de madera. Tenía muchos y muchos los compraba en otros países como recuerdos de viaje. Tenía muchos, pero casi siempre utilizaba el mismo. Uno grande, con una reproducción de un cuadro. Lo perdí. 

No llevo la cuenta de los paraguas que he perdido.

lunes, 2 de abril de 2018

Dejé de pronunciar tu nombre


Lo mismo no es un libro bueno, pero lo terminé hace unos días y sigo pensando en él. Sea bueno o no lo sea a mí me ha afectado de una u otra manera y ya es más de lo que puedo decir de muchas de las cosas que leo.

Lo he terminado y me he lanzado a internet (qué suerte para estas cosas) a ver vídeos, a investigar, a remontarme a los ochenta, a los setenta. 

Es la biografía novelada de una mujer admirable en muchos sentidos y sí, lo recomiendo. Si tenéis ocasión, haceos con estas muchas-historias-en-una. Historia de la España más reciente (bueno, más reciente más recieenteeee... hablamos de la transición), historia de un amor frustrado, historia de un viaje hacia dentro, historia del feminismo del bueno. Me ha interesado tanto que hasta he vuelto a leer un libro sobre la misma época y la misma mujer que leí hace ya unos cuantos años. Este segundo es de Manuel Vicent, se llama El azar de la mujer rubia y no recuerdo que me dejara esta cosa dentro de querer saber más. Ni lo hizo entonces ni lo ha hecho en esta segunda lectura (bastante diagonal, por otra parte).

Qué cosa, ¿verdad? cuando terminas un libro y te quedas vacío, como si le faltara algo a tus días. Y coges otro libro y no te sirve para rellenar el hueco que ha dejado el anterior. 

Hay libros que nos remueven algo por dentro.

Y la historia de Carmen Díez de Rivera que ha escrito Luis Herrero, en mi caso, lo ha hecho.