miércoles, 13 de diciembre de 2017

loads of thanks

Ayer me encontré con alguien a quien no veía desde hace años. Podría decir que es alguien de quien no sabía nada, si no fuera porque hace un par de semanas le escribí para pedirle un favor. No tuvimos ocasión de extendernos mucho más allá del favorín. Por lo que me dijo ayer, me confundió con mi hermana y con ella se llevó menos.

Qué cosas tiene la vida. 

El caso es que ayer, llegando a mi clase, nos cruzamos. Él iba caminando y yo en coche. Aparqué y tuvimos unos quince minutos para ponernos al día. Me acompañó y se quedó un ratito conmigo mientras colocaba las esterillas, los bloques y -of course- encendía la calefacción. 

Quedamos en que otro martes vendría a probar una clase de yoga. Y superespero que lo haga. Me encantaría.

También me dijo que él iba sabiendo de mí por este blog, que lo leía. Bueno, que lo leía cuando escribía con asiduidad. Y me dejó ahí con la idea de los lectores abandonados. Es cierto que el número de lectores de mis locas vanidades ha disminuido drásticamente durante los últimos ¿dos? años, pero aún tengo

Fieles, que se conectan en cuanto escribo (cada vez menos, then).
Ojos nuevos que me encuentran por casualidad (supongo) y se dan verdaderas panzadas de leerme. 

A pesar de ellos, el número de visitas es notablemente más bajo. No podía ser de otra manera, escribiendo tan de pascuas a ramos.

Yo creo que una de las cosas que me ha ido desanimando y por lo que he ido abandonando este espacio ha sido esta especie de monólogo que mantengo conmigo misma. No he sabido conseguir que las personas que (aún) me leéis o que me leían participaran en el blog con comentarios o críticas (positivas, que recuerdo una que era un montón de insultos sin sentido que nunca llegué a publicar) o aportaciones públicas. Sí que he tenido comentarios y mensajes por WhatsApp o a través de redes sociales, pero poco por aquí. Y al final, entre nosotros, esta exposición deja de tener aliciente porque igual la hago en mis cuadernos.

No lo cierro porque realmente he cogido cariño a este espacio, porque me gusta escribir y porque de vez en cuando me gusta venir y contar aquí lo que sea que se me haya ocurrido contar.

Sin embargo, ayer me dio por pensar en las personas que venís. De vez en cuando entro con la idea de escribir y se me va el santo al cielo al echar un vistazo a la audiencia del blog. De vosotros solo veo dónde estáis, pero es más que suficiente para que se desborde mi imaginación. Entro a escribir, os decía, y acabo pensando en vuestras vidas, en los países molones en los que vivís y en cómo habéis llegado hasta aquí. Si os he conocido (a muchos, por dónde vivís, me temo que no) o si en una carambola del destino os conoceré. Me gustó que ayer me recordaran que esto es también una vía para que las personas de mis vidas sepan de mí.

Lectores anónimos. Cada uno sois una posibilidad infinita. 

Siento no saber cómo llegar a vosotros mejor, pero también os digo que así me valéis. Que aquí no escribo mucho ni nada sesudo, pero que lo poco que hago lo hago por los cuantos que (aún) me leéis. 

A los que estáis sin conocerme, a los que estáis por conocerme, a los que llegáis y os quedáis, a los que os habéis ido, a los que os dais una vuelta, a todos muchas gracias.

Hacéis mejor todo lo que escribo.

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