miércoles, 10 de mayo de 2017

ojalá viajar y viajar

Esta tarde me preguntaba una amiga por el viaje y yo le respondía cansado, pero de ese cansancio que merece la pena. Muy  cansado, ahora entre nosotros, pero muy especial también.

He viajado a Ohrid. Es una ciudad del sur de Macedonia, casi en la frontera con Albania. Lo peor de todo, la mala comunicación con Madrid. El viaje de ida nos llevó 18 horas. Salimos de Madrid a las 4 de la mañana y no me metí en la cama hasta las once de la noche después de dos aviones y la nada despreciable cantidad de 5 horas en un autobús. Ya os adelanto que me acosté TAN agotada que no me podía ni dormir.

Desde ahí, todo fue estupendo. Además de las reuniones de rigor (soy responsable de un proyecto europeo que nos ha juntado con pueblos de países tan dispares como Macedonia, Eslovenia, Irlanda o Italia) -alguna de ellas bastante intensita- tuvimos ocasión de visitar el impresionante patrimonio cultural de la ciudad (¡viva el arte bizantino!) y de pasear por entornos naturales muy, muy especiales. El lago Ohrid se alimenta del agua subterránea que baja de un lago superior, que hace frontera triple con Albania y Grecia. Fuimos al lugar en el que toooodo este agua desemboca y pudimos ver cómo salía del suelo formando arroyos increíbles.

Si os tengo que contar lo que más me ha llamado la atención del viaje, empezaría por Albania. Llegamos a Tirana y desde allí nos desplazamos en autobús hasta Macedonia. 135 kilómetros / 5 horas de viaje. Os podéis hacer una idea del estado y trazado de las carreteras. 5 horas pasando por pueblos entre derruidos y destrozados, viendo a los vecinos arando en sus casas, vacas, gallinas, perros, cabras, burros y ovejas por todas partes, gente transportándose en carros, vendiendo cerezas en los márgenes de la carretera, tumbas en las cunetas. Yo no viví en España en los años 40, pero me puedo imaginar que era un poco así. Por lo que he podido ver en los viajes de ida y vuelta al aeropuerto, Albania es un país en construcción. Un país por desarrollar.

Macedonia -por lo menos la parte que he conocido- es otra cosa. Tiene la herencia que tiene y no es un país rico, ni mucho menos, pero sí que tiene unas infraestructuras mejores y un desarrollo muy evidente. Al escribir lo de la herencia estaba pensando en su historia reciente, en su separación de Yugoslavia y tal, pero si tenemos en cuenta la antigua, el país es un tesoro.

Podría escribir durante días sobre todo lo que he visto (desde teatros griegos a pueblos declarados repúblicas independientes de Yugoslavia, pasando  por mosaicos romanos espectaculares, museos de iconos y no os cuento el número imposible de iglesias bizantinas y monasterios maravillosos).

Ohrid es una ciudad tremendamente especial, llena de rincones extraordinarios.

Me encantaría -me encantará- volver y pasear con más tiempo y mucha más calma por sus calles empedradas; entrar de nuevo en las iglesias y monasterios -de verdad, de abrir la boca y no cerrarla en horas- que he visto y de hacerlo en las que no he podido conocer; bañarme en el lago: por lo que sé, de junio a octubre es algo que hay que hacer (el agua no puede ser más transparente y clara); comer tomates como si no hubiera un mañana (sencillamente perfectos); pasear por las montañas del parque nacional Galichica; volver a la bahía de los huesos; recorrer el lago en barco.

Un lago que parece el mar.

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