viernes, 21 de abril de 2017

boredom

Llevo una temporadita de aburrimientos infinitos. Todo me aburre, todo me cansa, todo me produce una pereza formidable. Echar culpas a la primavera me parece injustísimo, porque la primavera no tiene la culpa -por ejemplo- de que solo se editen pedorreces. Porque oye, menuda pereza lo de ir de librerías. Hace unos años quieras o no al final acababa comprando algo, ahora me conformo con hacer una foto a cualquier portada molona y al llegar a casa-si no me sepultan toneladas de aburrimiento- a lo mejor hago el esfuerzo de buscar el libro correspondiente y comprar su versión digital para empezar a leerlo y efectivamente: caca. Tengo la misión vital de terminar todo lo que empiezo y esta visión tan rígidomental es la que consigue que amontone historias y lecturas en la cada vez más tambaleante (en sentido figurado, of course, toda vez que superúso el libro digital) pila de libros que tengo ahí, a medio terminar. Con estos libros que nos rodean en esta época tan literariamente pfffff me da tanta pereza sentarme a leer que al final acabo encendiendo la tele y quedándome dormida delante de cualquier serie de asesinos eslovenos. Y vuelta a empezar. Vivo en un bucle raruno del que de vez en cuando salgo para ir -no sé- a Navarra, a disfrutar de la lluvia y del fresquete. Sí, puedo decir que padezco aburrimiento con estornudos de buenos momentos. Y en esta especie de sauna en la que vivo -todo tan lento, tan caracol- aparecen destellos de ganas. Si soy rápida, salto alto y los cojo al vuelo me ocurren cosas tan fascinantes como aprender a bailar sevillanas. Porque ¿cómo ha sido llegar a los cuarenta y tres sin sevillanear? Imposible. Si no se me hace tarde aún puedo colocarme un vestido de lunares y una flor en la cabeza. Otra cosa que he notado que me paraliza bastante es lo del teléfono. Tener cualquier información al alcance de la mano consigue que no tenga que levantarme en horas. Todo el entretenimiento del mundo en un aparatito portable divino. Otra cosa que tengo que hacer antes de los cuarenta y tres es desembarazarme de este artefacto tan también pedorrísimo. Pensando con un guiño, si me dedico a bailar sevillanas tendré que abandonar el móvil en la mochila. O sea, que el mírala cara a cara que es la primera va a ser -además de algo divertidísimo- un grandísimo punto de inflexión. Otra cosa que me salva es la escultura. ¿Habéis oído hablar de Louise Bourgeois? Pues yo de mayor quiero ser Louise Bourgeois. Y bailar sevillanas. Y leer -por Dios- algo decente.

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