jueves, 27 de octubre de 2016

hoy ando de musiquitas

Andaba yo esta mañana -no me preguntéis por qué- rumiando lo del nobel a Bob Dylan y he dado un salto mental a los cantamúsicos que me gustan y tal. De Bob Dylan conozco lo mínimo. Nunca le he seguido ni me ha interesado. A lo mejor me estoy perdiendo algo fantasticoso. No lo sé. Tampoco me da pena, la verdad. En cualquier caso, aún estoy a tiempo de ponerme al día o algo. Aunque supongo que si no lo he hecho en 42 años no voy a entusiasmarme ahora con él.

De Dylan, como decía, he caramboleado hacia Van Morrison, Leonard Cohen, Bruce Springsteen, Nick Cave, Freddie Mercury, Frank Sinatra o Joe Strummer por poner algunos nombres de personas que sí me han llegado a transmitir emociones chulas.

He advertido que en mi lista hay más hombres que mujeres (cuento con PJ Harvey, Billie Holiday y poco más), más inglés que castellano y más solistas que grupos (resulta curioso que -sin embargo- cuando hay grupos son más en castellano que en inglés).

Y todo esto mientras la kettle calentaba el agua para el té. Luego ya me he liado con el libro que tengo entre manos (que se me está haciendo bola porque maltratan a un niño y mi sensibilidad no puede con ello pero es un regalo y ya tal) y con el resto del día y ha sido ahora, que he decidido emocionar un poco la jornada con algo de música, que he vuelto a mis cantamúsicos y me voy a decantar por el mejor de todos ellos, el inigualable y maravilloso

...

Cuánta felicidad.

martes, 25 de octubre de 2016

el regalo

Debió ser más o menos cuando cumplí 20 años. 

Mi tía Mamen me regaló una ¿estola? ¿capa? negra, ribeteada en piel (espero que sintética). En aquel entonces el regalo me dejó bastante patidifusa. No me imaginaba yo saliendo por ahí (y eso que mis saliditas no eran nada discotequeras) con la capaestola vuelta sobre el cuello.

Tan patifidusa me dejó que no había vuelto a verla hasta anoche. Y es que la semana pasada me trajo C de su otra casa una bolsa con cosas mías que había aparecido, supongo, en alguna maleta vieja del garaje. Ayer por fin tuve el rato para abrirla y ver su (mi) contenido.

En la bolsa reconocí pertenencias mías antiquísimas y requeteusadas en vidas anteriores y esta capaestola que, de pronto, me pareció divina. Qué digo divina, divinísima.

domingo, 23 de octubre de 2016

the quite man


No me preguntéis por qué, que no lo sé, pero hoy me he levantado con el romanticismo en niveles siderales y ahora siento unas ganas inmensas de ver el hombre tranquilo. Es probable que después de comer -si el libro al que me estoy enganchando no me lo impide- me meta en la cama con el ipad, las gafas, un té y la lluvia de fuera y dedique mi siesta a John y Maureen.
Luego voy al cine con los pins, pero eso ya será otra historia.

Me encantan los domingos domingos.

Y la lluvia.

Y el romanticismo este de hoy.

L.

lunes, 17 de octubre de 2016

todo llega...

... hasta el mar.

Si tuviera oportunidad colocaría aquí unas manitas aplaudiendo muy fuerte porque sí, sí, sí este fin de semana me he dado un bañito en la concha.

El viajecín del fin de semana que acabamos de pasar era -por fin- ocioso. Un grupo de amigos (ocho, nada menos) hemos ido a pasar el fin de semana a San Sebastián. Aunque el objetivo era gastroenológico, no he dejado la oportunidad de plantar mis pies en la arena y -aprovechando la alegría del sol de otoño- darme un chapuzón (cabeza included) que hubiera sido más largo si una ola no hubiera alcanzado mis solitarias pertenencias.

Como lo leéis, de los ocho viajantes fui la única en pisar la playa.

He disfrutado mogollón. Primero de la lluvia que (por fin, bendita lluvia) nos acompañó durante gran parte del camino de ida. Segundo de mis compañeros de viaje. Nos hemos reído mucho y hemos superjugado a Martin dice, un juego de dados que me tengo que comprar pero que ya. Tercero, del cumplido objetivo gastroenológico de antes. Qué riquísimo todo, madre. Cuarto, pero no por último menos importante, del paseo por la playa y el bañito en el mar. Tampoco estuvo ni mal la pasadita a Francia, que saldé con queso y mermelada para llegar al invierno sin problemas de abastecimiento.

Pero a lo que voy, ¿Cómo me puede gustar tantísimo el mar?

Cada mar que veo tengo más claro que tengo que hacerme el regalo de trasladarme a vivir a algún pueblito costero.

Pero de eso ya hablaremos otro día. De momento corto y cierro, que tengo que prepararme para la clase de dentro de una rato.

Agur.

L.

martes, 11 de octubre de 2016

algunas cosas buenas

He pasado el fin de semana en Alicante. Exactamente entre Cocentaina y Muro de Alcoi. He viajado hasta allí por motivos laborales y aunque la idea de un viaje ajeno siempre parece estimulante, en este caso llegué  a casa el domingo por la noche muy cansada y muy, muy, muy (el domingo) triste por haber estado a quince minutos del mar y no haber tenido tiempo ni para acercarme a verlo. Afortunadamente, esto es algo (ver el mar y si puedo -ay- bañarme) que solucionaré no tardando mucho.

El regreso, ya digo, fue cansado y la entrada en la semana bastante angustiosa. Un lunes laboral de 9:00h a 22:00h no es la mejor perspectiva cuando el fin de semana no se ha descansado nada, así que el despertar de hoy -que es lo que vengo a contar- ha resultado superideal, oyes.

He abierto los ojos a las 7:30h y me he quedado un ratito en la cama, leyendo. Más tarde he desayunado en modo domingo: té, tostadas, libro y concierto 21 de Mozart. El ratito del desayuno ha sido maravilloso. Qué paz. La luz del sol, que con cada minuto entraba con más ganas, y sus colores alegrando mi salón, el calorcito del té en la mano derecha y el ritmo mozartiano jugando con la izquierda, el libro que me está gustando, Miau y sus ronroneos...

Estaba ahí, con todas estas cosas, sin darme cuenta, y de repente -zas- he sido consciente de todo y me he sentido muy, muy, muy (ahora) afortunada. Y, también, he pensado que me apetecía escribir sobre ello, para que no se me olvide que todos lo días pasan cosas buenas.

domingo, 2 de octubre de 2016

Roma


Así, entre nosotros, el Tíber no es el río de mis sueños, pero lo acepto porque se desliza por Roma y Roma, ay, Roma, es una ciudad maravillosa, mágica, espectacular, monumental, magnífica, espiritual, barroca, escultural. Roma es querer quedarme a vivir allí.

A mi madre le hace gracia que cuando vuelvo de muchos viajes termino de contar mi experiencia con un enormísimo "viviría allí". Y lo digo siempre en serio, es cierto, viviría en taaaantos lugares... en tantostantos que habitualmente estar estancada en Manza me desasosiega millones. Pero este no es el tema, sweeties. El tema de hoy es Roma donde, evidentísimamente, viviría (jajaja, Tíber included).

Mi primera sensación (bueno, la segunda, la primera fue llorar al ver el coliseo por primera vez) fue darme cuenta de que no hay palabras que me sirvan para definir esta ciudad. He estado en muchos sitios, algunos espectaculares, y nunca he tenido esta sensación de quedarme sin palabras con las que contar lo visto y lo vivido. Y como estoy sin palabras que hagan justicia a Roma... hacedme caso: visitad esta magnífica ciudad.

Mi Roma ha sido un asombro continuo. En cada calle una maravilla, en cada vuelta de cada esquina una emoción de las que roban el aire. Ha sido una sorpresa detrás de otra. Sin parar. Da igual el tiempo que estés allí. De hecho, tengo la sensación de que no existe tiempo suficiente para descubrir cada uno de los tesoros que esta ciudad guarda. Podría volver mil veces y mil veces descubriría maravillas nuevas.  Estoy segura.