lunes, 12 de enero de 2015

una noche en la ópera

Ayer estuve en el Teatro Real, escuchando el nuevo repertorio de Juan Diego Flórez (ópera francesa del siglo XIX, desconocidísima para mí, a excepción de Carmen) y la experiencia merece una reflexión.

Así para empezar, la música sinfónica mejor en el auditorio. El Teatro Real está preparado para lo que está preparado y la orquesta no emociona.

Hacía bastante tiempo que no me dejaba caer por un evento de estas características –creo que el último fue una Novena de Beethoven, a la que llevé a C- y me entusiasmé según me sentaba, no digo nada de cuando salió el primer violín y por qué he tardado tanto en volver.

El repertorio, seguramente por desconocimiento, no fue de mis preferidos y –salvo un poquito al final- no llegó a emocionarme. Aún así, me sentí muy feliz. Feliz de estar allí, de volver, feliz de escuchar música clásica en directo, feliz de compartirlo con mi familia, feliz por un regalo tan especial.

Ya he contado que la emoción llegó al final, una vez terminado el repertorio “oficial”. Mi impresión es que el tenor debía tener algún problema de salud (alergia, un poco de congestión) y no debió sentirse especialmente cómodo en toda la velada. De hecho, llegando al final se notaba mucho en la respiración que la cosa no iba bien. Ya en los bises, despojado de toda responsabilidad, yo creo que se relajó y cantó de una manera, pues eso, más relajada. Disfrutando. Y transmitiendo –desde mi punto de vista- mucho más.

Los primeros bises fueron –cuando menos- curiosos para un cantante de ópera. Sentado en el medio del escenario y armado con una guitarra, cantó un par de canciones tradicionales peruanas y un chotis.

Los segundos, Una furtiva lágrima y La donna é mobile, son una apuesta segura por (i) populares y (ii) siglos de ensayo. Es cierto que pinchar en el e di pensier es mal, pero también es cierto que un tenor de la categoría de Juan D Flórez lo tiene difícil (pinchar).

Me llamó mucho la atención el cambio de actitud del intérprete con respecto a lo que para muchos (me incluyo) es un cantante de ópera en un escenario. Son divos, distantes, altivos. Juan Diego Flórez pasa por ser en la actualidad uno de los mejores tenores del mundo (entre nosotros, es MUY bueno). Y contra toda norma, es cercano. Es un cantante de una nueva generación y se nota en su actitud. El solo hecho de sentarse en un taburete en plan cantautor es discordante. Salir con el teléfono móvil y hacerse un selfie –con el público de fondo- remata.

Sea como sea, es un cantante brillante, y me ha devuelto –no ya las ganas- sino la necesidad de retomar no tardando mucho la costumbre de la música clásica en directo.

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