miércoles, 27 de agosto de 2014

mis libros de verano (I)

Durante estos dos mesecillos y hasta la fecha, me he zambullido en las historias que cuentan 12 libros. Por orden cronológico de lectura: Cold, cold ground, de Adrian McKinty, Una trampa para cuervos, de Ann Cleeves, Cemetery girl, de Charlaine Harris y Crist Golden, El misterio de Pont Aven, de Jean-Luc Bannalec, Los hombres mojados no temen la lluvia, de Juan Madrid, El juego de Ripper, de Isabel Allende, Muerte en las islas, otra vez Jean-Luc Bannalec, Último tango en Auschwitz, de Andrés Sorel, Jazzuela, de Pilar Peyrats, Te adoro y otros relatos, de Cristina Peri Rossi, El hombre que arreglaba bicicletas, de Ángel Gil y Alfabeto de las pulgas, de Bernardo Atxaga.

He pensado contarlos en dos tramos: en el de hoy me voy a centrar en los policiacos y el próximo día cuento mis impresiones sobre el resto.

martes, 26 de agosto de 2014

francia

Este verano he leído un par de libros tan bien ambientados en la bretaña que qué ganas de ir, oyes. Ni corta ni perezosa, seguramente azuzada por la angustia de la quincena sinhijos, puse rumbo de dos días al norte con la idea inicial de llegar a Pont Aven, pero con la seguridad de quedarme a medio camino.

miércoles, 20 de agosto de 2014

las semanas y mis cosas (XI)

Estoy pasando un verano muy tranquilo. Una vez resueltos los primeros días tan llenos de playa y ya en Madrid, he aprovechado para sentirme afortunada por ser una madre muy feliz de unos hijos maravillosos.

Nos han pasado cosas como feriear, dormir hasta perder el día, bañarnos, hablar, comer y malcomer, enfadarnos (C y sus impertinencias adolescentes), ir juntos al trabajo, lloriquear, leer, hacernos fotos, pasear, que a M le saquen un diente carioca, dormir juntos, amigos… Todo con la pereza feliz de un agosto caluroso y lento.

Además de la felicidad de mis hijos, he sentido la felicidad de dar carpetazo a mi futuro laboral, que es algo a lo que he dado vueltas –muchas- durante los últimos meses. Me gusta lo que hago, pero definitivamente no me compensa. Un día, cuando me despoje de responsabilidades, escribiré (aún no sé en qué formato) un buen montón de historias, pensamientos y sentimientos –mucha impotencia, adelanto- de los que he metido en la mochila a lo largo de estos años.