miércoles, 4 de junio de 2014

barking dog don't bite, pero qué mierda...

¡Levántate! Te voy a dar dos hostias que te voy a arrancar la cara y otras lindezas del mismo cariz son las que ponen en pie diariamente a la niña con la que comparto tabique.

Me parece indignante que un enano mental tenga la osadía de tratar así a sus hijos. Con gritos, con insultos y con amenazas constantes. Es lamentable, pero es la forma en la que muchos adultos tratan a los niños, sin ni siquiera pensar que se están dirigiendo a personas. No creo yo que al padre de marras le guste despertarse a base de gritos e insultos ajenos.

Cada mañana pienso en los dos pobres niños del tabique. En que para ellos eso es lo normal. Que les griten, que les desprecien y que les humillen diariamente es su vida y cuando alguna vez me cruzo con ellos, van tan felices, dando saltitos y eso. Y a mí se me rompe el corazón un poquito más.

No saben que otros se despiertan con besos y con canciones y con caricias. Asumen unos padres que gritan, y les quieren y seguramente les admiren en sus edipos y electras.

Y ¿qué puede llevar a un padre a adoptar ese rol destructor con sus hijos? ¿Qué amenaza pueden suponer un par de niños de 4 y 7 años (más o menos los que deben tener) para anularles de una forma tan cruel? ¿Cómo puede ser que adultos no entiendan que con cariño se saca siempre lo mejor de los niños? ¿Qué les estarán transmitiendo con esta actitud? Desde luego, nada bueno.

La hora que transcurre entre el despertar atronador y la estampida al cole es un permanente bramido. La carga de estrés con la que seguro llegan al colegio debe pasarles factura en forma de falta de concentración, agresividad, malas notas y supongo que, como la pescadilla que se muerde la cola, más bronca cuando el profe les cite para contarles que no.

Y es que uno se puede enfadar -incluso en un momento vital chungo puede llegar a perder los papeles, con niños o con adultos (en estas situaciones se arrolla lo que se tenga delante) y nunca la violencia física o verbal se justifica, pero a unas muy malas se puede entender que nos falle la razón y que nos liemos a gritos y liberemos al Hulk que a veces llevamos dentro- pero que la relación diaria constante con unos pequeñajos se fundamente en ese te-voy-a-arrancar-la-cara de antes, es de fusilamiento al amanecer. Y entendedme, que es una forma de hablar.

Imponer tu voluntad de adulto a base de amenazas es una bajeza tan descomunal que me resulta incomprensible.

Somos padres y tenemos que educar y formar y ayudar y acompañar y aconsejar a nuestros hijos, pero siempre desde la premisa de que son personas independientes de nosotros, diferentes, con ideas propias tan válidas como las nuestras. Y claro que tenemos que regañarles y hacerles entender a dónde queremos ir, pero nunca nunca nunca aprovechar nuestra fuerza y nuestra posición “dominante” para hacerles funcionar por miedo. Los niños tienen que crecer sin miedo, sin culpas y sin penas, sin el peso de nuestras frustraciones o nuestros problemas. Son niños, y lo único que podemos regalarlos es una infancia feliz. Que cuando sean mayores y tengan sus propias frustraciones y problemas puedan cerrar los ojos y tener la certeza de que la vida es bonita, porque recuerden que una vez lo fue.

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