viernes, 16 de mayo de 2014

de bolos

Quehaceres laborales me han catapultado a tierras italianas. De los quehaceres no voy a escribir aquí. Todo resultó estupendo y francamente productivo. Lo que quiero es solazarme con el recuerdo de lo que he vivido los días de trabajo y los dos de ida y vuelta, que nos permitieron una idea aproximada del entorno que visitábamos.

El día de la llegada aprovechamos para pasear por Bergamo, Saló, Brescia, Verona y creo que no me dejo nada (bueno, Iseo, el destino final). El de regreso, pateamos Milán.


Bergamo es increible. No sé si al ser la primera parada (y la primera pizza) lo vi con ojos ansiosos de cosas nuevas. El caso es que me pareció una ciudad formidable. En realidad, son dos ciudades: la alta y la baja. La ciudad alta es la medieval, con sus callecitas y recovecos. Sus tienditas y los suelos empedrados. Vistas espectaculares y todo muy frondoso. Muy renacentista. Muy lleno de verde, flores y volutas. La ciudad baja, la moderna, también merece un paseo. Pero si no se anda bien de tiempo... mejor subir.

Además de Bergamo, me fascinó Milán. No sé por qué, tenía la idea preconcebida de que Milán era una ciudad industrial, gris. Normalucha y tal. Y no hay nada como las ideas preconcebidas para disfrutar millones con cosas tan simples como doblar una esquina y quedarse sin habla porque os-tras qué maravillosa catedral.

La catedral de Milán es magnífica. Y diferente a cualquier otra que hayáis visto en vuestra vida. La catedral me asombró. El resto de la ciudad me encantó. Cualquier día me da un ataque de coger un avión y plantarme allí para disfrutarla sin agobios de tiempo que no tengo.

Saló resultó relajante (está a orillas del enormísimo Lago Garda) y Brescia y Verona no me entusiasmaron demasiado. Puede deberse al cansancio (lo de los ojos de antes... que cuando llevas un día de visitas y caminatas y necesidad de abarcarlo todo, al final ya sólo quedan ganas de coche y cama). Las dos son ciudades pordondepasamoja. Lo mismo Verona tiene el pelín romántico de Julieta asomándose al balcón ay romeo romeo, pero vamos, que llegar al balcón y querer salir corriendo es un fact.

Y luego Iseo. Nuestro lugar de destino y trabajo. Iseo es un pueblo, efectivamente situado a orillitas del lago del mismo nombre. A pesar de que el tiempo resultó extraordinario, nuestra primera vista del pueblo y del lago resultó envuelta de bruma, lluvia y truenos. Y, como la catedral del último día, consiguió hacerme olvidar lo de respirar.

Iseo es serenidad. Es ganas de cerrar los ojos y dejar que todo el aire del mundo llene los pulmones. Es no querer que existan los teléfonos móviles ni las prisas. Es otro lugar al que volver.

Ése poquito vi y ése poquito me ha servido para querer un mes en Lombardía. Sin contar con el otro mes que necesito para satisfacer mi gula italiana. No he comido tan bien tantos días seguidos... yo creo que nunca. Qué placer y qué delicia sentarse en la mesa y dejarse llevar por los olores y los colores y los sabores de la comida. Me recordaba yo mucho a Montalbano, disfrutando al máximo de cada bocado. Las comidas de trabajo son mucho más productivas en Italia. Tanta exuberancia genera una creatividad arrolladora. He sido muy feliz cada día que he pasado allí.

Y poco más. Que aunque hayan pasado ya unos días, aún ando despistada y con un sueño monumental y mañana -oh oh- madrugo.


En fin, que mola que nos pasen cosas chulas. Y esta experiencia ha sido extraordinaria. Como la que tiene que estar pasando mi bebé M ahora mismo, que esta noche la pasa en la sala de dinosaurios del Museo de Ciencias Naturales... Feliz, feliz.

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