jueves, 24 de abril de 2014

torturas del siglo XXI: el despertador

No me hace falta ni que suene para que me caiga mal. El mismo nombre –despertador- resulta perverso.

Es un misterio cómo nos hemos ido organizando como sociedad para pasar del amable amanecer según los turnos de la naturaleza (dormir cuando anochece, despertar con los primeros rayos del sol) al tambaleo cerebral que provoca el escándalo de un despertador.

Yo soy muy tradicional, y aunque no tengo reloj al lado de la cama desde hace tres años, mi alarma (otra palabra perversa) es el molesto pipi pi pi de siempre. Esto tiene sus cosas buenas -no me despierto con ritmos caribeños ni politonos macarrones- pero también sus malas – el amargor de escuchar el sonidito cuando alguien lo ha elegido como tono de llamadamensajealarmaloquesea y suena en el momento más inesperado y me catapulta al mal humor de todos los madrugones.

Porque ahora que lo pienso, voy a empezar a utilizar madrugón para los despertares infernales y amanecer para las transiciones serenas del sueño al día.

Como soy una marmota y encima tengo el gen de la nocturnidad, madrugar me incordia bastante. Y me cuesta. Me cuesta tanto que tengo que poner el teléfono lejazos de la cama para obligar a mi entumecido ser a levantarse y ponerse en marcha, no sea que no lleguemos a los autobuses y los coles (ser mamita es agotador). Total, que ese taladro del cerebro que sucede entre el pipi pi pi y el callamierdaya, y va acompañado de trompicones y glamour cero, me predispone mal para lo que queda de día, que es todo.

Lo mire por donde lo mire, esos segundos son como la tortura china ésa que nos gustaba de peques, la de la gota de agua.

En algún momento de verdad que nos equivocamos y nos creímos el rollo del trabajo y el dineral. Nos han colado un golazo y encima nos creemos que vamos ganando. Somos tan listísimos que vivimos explotados pero contentos, no en vano ha ganado nuestro equipo y el cutre inglés abre domingos y festivos.

Ja.


Lo ideal de que existan horrores como el despertador son las noches (sobre todo, en mi caso, las noches) en las que no tengo que programar el teléfono –esa otra tortura de la que me quejaré no tardando mucho- y me acuesto con la alegría de saber que el día siguiente comenzará inevitablemente bien.

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