domingo, 10 de noviembre de 2013

En el planeta del moco

Me suena que conocí a alguien que enfermaba periódicamente en octubre y marzo. Lo mismo lo he inventado. En cualquiera de los casos, he incorporado la idea a mi cuaderno de cosas que me pasan. Gripeo periódicamente. Los cambios de estación son fatales y -lo mío es más noviembre y tiro porque me toca- muy dados a hacerme pasar por la catarsis del moco.

La cosa viene de lejos. Lo barrunté el jueves. Lo incorporé a mi organismo también el jueves, durante ese ratito de estar hasta las doce y media de la noche de palique en la plaza. Del viernes no me acuerdo. Ah sí. El viernes. Dolor de garganta y poco dormir. Ayer parecía que lo peor había pasado y me hice la fuerte. Nunca os hagáis los fuertes. Qué noche. Hoy sigo grunge y dolorida y con empasmotós y abonada al pañuelo desechable (de hecho, no tengo de otro tipo).

Entre fiebres y limón con miel ya me he leído un par de libros. No hay mal que por bien no venga. También he procurado poner un par de lavadoras. La vida adulta es un fiasco y si no lavas los hijos no se visten, así que ale, a sacar fuerzas de la cama y ya que estoy, mejor si recojo todos esos pañuelos y tazas que decoran el suelo y cómo puede ser que me arrastre con tan poco glam.

La enfermedad también hace ver la tele. Es el mejor estado para dejarme caer sobre el sofá, mando y lo que me echen. Total, todo me da igual de pena. Me siento muy poco Michelle Pfeiffer deslabazada frente a la tele, con los bolsillos de la batakurt repletos de tissues. Todo muy survival. Ja. Como si alguna vez me sintiera MP.

He visto que ahora las latas de cocacola llevan nombre. Sinceramente me parece una soberana gilipollez y muchas ganas de complicar las cosas. Afortunadamente no trabajo la cocacola, pero compro de vez en cuando por tener algo que ofrecer a visitantes y amigos. Ni me voy a poner a elegir nombres en el súper (bastante perdemos el tiempo como para regalárselo a algo tan despreciable como una marca) ni voy a meter en mi nevera nombres ajenos.

A partir de ahora agasajaré con vino, agua y leche de avena chocolateada. 

He visto también un anuncio que eleva al súmmum de las ideas unos pedales que te permiten estar sano sin salir de casa. En serio. ¿Estoy tan afectada afectada por el planeta del moco o vivimos rodeados de idiotez en líneas generales?

miércoles, 6 de noviembre de 2013

octubrelibros

Vaya. Que ya es noviembre. Parece que fue ayer cuando comencé con la lista de libros 2013. Fue el mismo 1 de enero. El libro: La muerte de Virginia, de Leonard Woolf. Diez meses después sigo con mis libros. Más compro que leo, lamentablemente. Pero cada línea me hace feliz. Me gustaría tener más tiempo o más tranquilidad o lo mismo las dos cosas. O más orden. O en fin, que aquí voy con lo no mucho de octubre, que empezó con Los olivos de Belchite, de Elena Moya y ha terminado con Huesos en el jardín, de Henning Mankell.

Entre medias: Afortunada, de Gabrielle Bell, Los seres quebradizos, de Rocío Hernández Triano y El taller de escritura, de Jincy Willet.

Me gustó Los olivos de Belchite. Será que tengo ganas de visitar el pueblo. Será que la historia me interesa. Será sencillamente que pasé buenos momentos, entretenida entre sus páginas. Es una historia familiar, en la que el pasado-guerra-civil se confunde con un presente-batalla-económica. La historia se desarrolla entre España y Inglaterra, entre campos de olivos y zonas industriales. Las protagonistas, 3 mujeres que son 3 generaciones. 3 mujeres fuertes que se enfrentan -cada una en su momento y con sus armas- a los problemas de cada generación: la guerra, la política, el machismo, la homosexualidad, la libertad. La libertad. Historias que se resumen en una frase muy de abuela: "La vida no es como es, sino cómo se vive".

Afortunada es una novela gráfica. Entre nosotros, no es de las mejores que ha caído en mis manos. Se trata de una historia autobiográfica con un contenido muy -como este blog- de andar  por casa. Parece que la autora no tiene nada que contar. Nada que interese al lector. O si lo tiene no llega a comunicarlo bien. Sobre todo en la primera parte (está dividida en tres). Yo creo que la mejor parte es la tercera, en la que la narración ya va siguiendo un hilo argumental. Es más narrativa. La primera parece un ejercicio más que otra cosa. Un rollo "voy a escribir una viñeta diaria a ver qué pasa". Y lo que pasa es que a la autora no le ocurre nada interesante y las viñetas diarias pues eso, no interesan. Como escribo, la cosa va mejorando y en la tercera parte parece que encuentra su voz y un hilo argumental más consistente. En cuanto a los dibujos, son muy sencillos, casi minimalistas. Supongo que intencionadamente acordes con el intimismo que quiere transmitirnos Gabrielle Bell.

Los seres quebradizos es un poemario del que compartiría algún verso y creo que un par de poemas si lo tuviera aquí delante. No es el caso y no lo recuerdo como para reseñarlo aquí. De hecho, ha sido al abrir el cuaderno por la página listalibros2013 cuando lo he visto, en su puesto 46 y ostras, me ha costado ubicarlo. Recuerdo que marqué algunas páginas, por eso sé que tiene versos que compartir.

En lo que respecta a El taller de escritura, es una novela de intriga-asesinatos-y-demás que decidí leer por recordar un taller al que asistí hace unos años. Me han gustado algunas pistas que da sobre escritura y en general me ha entretenido bastante. Ya sabéis qué pasa con las intrigas facilonas. Amy, la prota, es profe del taller y se enfrenta a un curso nuevo, nuevos alumnos y oh oh de repente amenazas, notas, sustos... y un asesinato. A partir de ahí, imaginad. Alumnos que se convierten en sospechosos. Miradas de soslayo. Carreras a medianoche. Más muertes y un final feliz, con asesino desenmascarado y amigos para siempre.

Por último, Henning Mankell.

Kurt Wallander pasea por el jardín de la casa que está valorando comprar cuando tropieza con una mano esquelética. Además de eliminar de sus registros cerebrales la adquisición de la casa, este hecho inicia la última página del detective sueco. 

Según indica el propio autor, este librito (no llega a 90 páginas)  fue publicado en exclusiva y como regalo promocional para sus lectores de los Países Bajos. Una vez publicado El hombre inquieto (novela que cierra la serie de este detective) decidió hacer público (más público) el librito de los huesos, para que todos los amantes de Wallander pudieran incluirlo en sus colecciones.

Lo que más me ha gustado del libro ha sido el posfacio. Un texto de Henning Mankell en el que destripa de dónde salió el inspector, por qué escribió cada historia, cómo las documentó, cómo fue creando a los personajes... En fin, la parte de los libros que pocos conocemos y que a algunos nos interesa a veces más que la propia historia que cuentan.   


martes, 5 de noviembre de 2013

vamos, que tengo un rato

Hoy llegaba a casa pensando en las cosas que me gustan. Bueno. Esto no es así (¡!). Realmente pensaba en lo rebien que se está en la cama cuando el viento amenaza ahí fuera, como los malos de Hill Street. En lo bien y calentitos que estuvimos ayer los pins y yo -leyendo en conjunto Memorias de Idhun- mientras el vendaval hacía de las suyas con las macetas, las contraventanas y las bolsas abandonadas.

De ahí he saltado mentalmente a otras cosas que me gustan, como hacer regalos manuales (ando ahora con ideas monísimas para los amigos invisibles que llegan por navidad), nadar, abrir la puerta y gato, ducharme con agua muuuuy caliente, recibir cartas (estoy por poner mi dire por si cae alguna... porque lo que son cartas, qué pena que no sean tendencia) o en su defecto correos inesperados, hablar por los codos y -qué demonios- me gusta el silencio y mucho estar sola. También me gusta hacer fotos. Sobre todo a ventanas y a ropa tendida.  

He pensado que de todo este batiburrillo podría salir algo digno que contar, pero oh oh me he puesto a hacerlo justo ahora que empieza una reunión y oh oh, me temo que debo dejarlo para otro momento.