sábado, 31 de agosto de 2013

veralibros

La Sra. Memoria no me ajunta y así me va. Si no apunto las cosas se pierden en el agujero negro craneal que requetengo. Esto va al hilo de los libros del verano, que entre unas cosas y otras no he apuntado y así, amigos, imposible es de contar.

Los anotados en julio son Los buenos suicidas, de Toni Hill; Sé lo que estás pensando y No abras los ojos, de John Verdon; Té de manzanilla y otros poemas, de Katherine Mansfield y Los ecos de la tragedia, de Javier Pérez Campos.

Así de memorieta apuesto por Té de manzanilla y no me gustó el último de la lista. Los otros, qué os cuento, entretenimientos playeros. Ninguna obra de arte.

De los no anotados, resalto Me acuerdo, de Joe Brainard. Un libro que recomiendo porque por fin algo original. Lo de por fin es retórico. El libro se publicó en los setenta. Pero entre tanta historia y tanto libro y tanto montón de gente que escribe, la lista de meacuerdos de Brainard es un pequeño regalo para la mente. Sobre todo para la mía.

No voy a resumir ninguno porque (i) en cuanto a los playeros no merece la pena, son mero entretenimiento y (ii)  Té de manzanilla y Me acuerdo son libros irresumibles más allá de lo contado.

Por lo que respecta a agosto, he descubierto los libros electrónicos. Con el "he descubierto" quiero decir que he descubierto que aprecio los libros electrónicos. Y yo que pensaba que nunca iba a caer en las redes tecnológicas y que sería feliz entre libros y con mis libros. Por su puesto que mis libros siguen y seguiré defendiendo su edición y su lectura, pero empiezo a ver el lado bueno de la lectura electrónica.

No en vano, este agosto han caído los cuatro primeros: Una vacante imprevista, de J.K. Rowling; La comunera de Castilla, de María Teresa Álvarez; Un viaje portugués, de Julio Llamazares y Las puertas templarias (qué lamentable final), de Javier Sierra.

Además, he leído las obras completas de Maitena, y así ando de alterada.

De todos estos libros me decanto por La comunera de Castilla. Es una novela histórica basada en María Pacheco, mujer de Juan Padilla y gran defensora de la comunidad castellana frente al imperialismo de Carlos I (No quiero vivir en una castilla en paz porque sea cobarde, porque ceda a los abusos arbitrarios de los poderosos. Una Castilla que se conforme con obedecer, a la que no le importe decidir ni opinar sobre su futuro, que incluso mire a otro lado para no ver cómo la traicionan y saquean impunemente. No, yo no quiero vivir en una comunidad enferma como ésa, aunque sea en paz). El libro es una delicia. Está perfectamente documentado y muy bien ambientado. Lo leí entusiasmada de un tirón. 

A lo mejor haber celebrado el Día de Castilla en Villalar de los Comuneros y haber pasado por La Alpujarra mientras lo leía me ha disparado la parte no agujereada del cerebro a la historia y de ahí el encantamiento. Puede ser. En cualquier caso, creo que es un gran libro.

Ahora tengo cinco o diez a medias, para variar. Pero esos ya los iré contado y apuntando (sí, he encontrado el cuaderno de apuntar libros) en los próximos meses.

Que paséis un sábado lleno de sonrisas y, a ser posible, de libros.

martes, 27 de agosto de 2013

más de verano

Reconociendo todo lo reconocible, a mí el 90% de las creaciones de Dalí no me transmiten más que desasosiego e intranquilidad. Es cierto que suya es una de las pinturas que más me han gustado en los años que gasto, pero también es cierto que –entre nosotros y con mucho cuidado… el resto, ni fú ni fá.
Así las cosas, he acompañado a madre –gran seguidora del figuerés- a la expo que triunfa estos días en Madrid. Una retrospectiva, antología, barbaridad o como se quiera llamar de la vida del artista.
Más que los cuadros, me interesaron los documentos, las fotos, las cartas manuscritas; igual que más que el pintor me interesan sus vividurías de allá por los años treinta. Y sobre todas las cosas me fascina el factor antropológico de las leyendas del pop, digo del arte.


Y es que el paseo hubiera resultado interesante (la verdad es que está muy bien documentada) sin esa cantidad ingente de personas que hablan, personas que comentan, personas que explican, personas que sudan, personas que te empujan, personas ufanas por haber leído una carta con faltas de ortografía, sin darse cuenta de la irreverencia. Sin querer/poder ir más allá. Personas, en definitiva, que formamos una masa apta para cualquier rebaño en el que nos quieran meter a pastar.
A la expo le falta espacio. Espacio para pensar, para mirar, para leer, para evitar el molesto contacto físico. A la expo le falta silencio. A la expo –definitivamente- le sobra marketing.
Madrid es una ciudad de exposiciones y de museos y de poco interésautóctono por las exposiciones y los museos (ay, Giacometti) y aquí me surge el dilema de apoyar los marketings por su vertiente difusora de la cultura (todas esas personas sentadas en el suelo esperando la apertura de puertas hacia el grandalí) o de liarme la manta a la cabeza y odiar a las multitudes ignorantes.
Ahí ando.
Es que veréis. Mogollón. Círculo. Comentarios. Aspavientos. Oes. Aes. Abanicos. Expresiones de placer y de emoción. Un cuadro. Por favor. Que el cuadro está en el Thyssen. Por favor.
Que por una parte está bien la idea-antología-comercial. Para quien adore la obra de Dalí/Quiensea es una maravilla una exposición de tantas obras y de tantos documentos. Una maravilla, si se pudiera ver en silencio y con el recogimiento y el sosiego que exige disfrutar de la belleza. 
...
Esta noche más baño de masas. Cenita y conciertito rock. A ver qué cuento mañana.

sábado, 24 de agosto de 2013

ya estoy perdiendo el tiempo

Hoy, que voy a contrareloj, me entretengo en bailar primero y en leer poesía después. He bailado -y pienso seguir en cuanto acabe esto- como hacía tiempo. Si bailara todos los días así, con ganas y movimientos frenéticos, seguro que el gordinflón del coche grande que me dijo ayer que me veía más gorda, se metía el comentario en ese hueco feroz que se abre entre dos botones de su camisa, a la altura del ombligo.

En mitad de Tom Jones, lo mismo, me he acordado de que ayer tenía que haber enviado un mensaje de feliz cumple a una amiga y a pesar de los movimientos de cadera he conseguido encender el ordenar.

Como al correo le acompañaba un poema del todo incompatible con el poprock, he hecho ssshhhhh con la música y me he enredado en las bellísimas palabras de Szymborska. Sentarme, abrir el libro y perder la noción del tiempo, como hice antes con el baile.

Y así va el sábado. Bien, de momento. Aunque me temo que con tanto salirme del guión, en un rato las prisas del debe me encaminarán a una siesta, espero, merecidísima y feliz.


miércoles, 21 de agosto de 2013

arde la calle

Que los despertares multihorror con los que inicio el periodo postvacacional me catapulten sin más al cráter de un volcán ayuda cero a mi incorporación al planeta de los adultos.

La brisita del mar es del mar porque en el campo no existe. En el campo no existe el aire, de hecho. Aquí, estamos racionando el oxígeno. Nos movemos poco, sobre todo en las lentas horas que pasan desde que llego a casa hasta que empieza a anochecer. 

Mi cuerpo -sabio- pierde el conocimiento justo después del gazpacho, para recuperarlo ya entrada la tarde, que sigue siendo irrespirable.

Estas tardes eternas. Y sus noches insomnes.

Para colmo de terrores, me ocurre eso tan exótico de sudar porque sí. Vivo intentando que ninguna parte de mi cuerpo roce otra. Vivo de mal humor. No me gusta esta lentitud agotadora y tropical.

Lo mismo me gustaría si no tuviera que jugar a ser mayor. Si me levantara desayunoypisci y no vestiditoyreunión. Si pudiera pasarme el día descalza. Si me hicieran la comidita y me lavaran la ropita y me llevaran a la feria y me compraran un helado y yo pudiera evaporarme a la escalera de atrás, la que está en sombra, con un libro y una manzana y qué calor, me voy a dar una baño y ahora vuelvo mojadita y refresquita a seguir con el libro a la sombra del laurel. 

Como decía aquélla, yo es que soy más de otoño. No quiero dejarme llevar por la felicidad de imaginar la primera tormenta. Prefiero pasar por lo que queda de verano al estilo tauro, mirando al suelo y caminando sin desfallecer.

Por lo demás, bien. Como siempre. Poniendo en marcha nuevos proyectos laborales y organizando los DIY de la próxima temporada. La verdad es que cuando me recupero me cunden bastante las mañanas y las noches. 

Eso sí.

Las tardes me fulminan.

  

lunes, 19 de agosto de 2013

cuántas cosas

Desde la última vez que paseé por aquí han pasado muchas cosas, casi todas en un ambiente distendido y afortunadamente veraniego.

Así sin ir más lejos, casé a meteorólogo al más puro estilo Lucía -esto es, asombrando al personal con un discurso inicial (luego ya limité mis intervenciones, ofcors) absurdo y trabalenguas. Hay quien sigue intentando descifrar el sentido de mis palabras. 

También he tenido ocasión de disfrutar de la feria con los pins con esa alegría ruidosa eslaúltimamontadaquemevaisaarruinaaaaarrrgghhhhh, de bailar hasta el fin del mundo en un concierto de Alejo Stivel -ex tequila, vamos a bailar un rock&roll a la plaza del pueblo- y de por fin, poner rumbo a una semana de playa en Almería.

Se me olvidaba. En esas fechas revueltas de primeros de agosto me reencontré con una persona a la que quiero un montón y que desde hace años se defiende por las alemanias. Me encantó el ratito en casa. Mola.

Siguiendo el hilo... en Almería, requete. Un gusto la compañía, la playa del cabo de gata, el gazpacho, el agua transparente, nadar hasta la boya, coger piedras, los días con los pins, las fotos del pasado, la cocina musical, leer en la terraza. Un gusto todo, la verdad. Y -buuuuuuuu- corto.

Vuelta del mar y días en casa con pins. Cine, paseos, descanso, hacer magdalenas y tartas y celebrar el cumple de mini. Hice gazpachito almeriense para la cena y -entre nosotros- menuda mierda el de bote.

El domingo comida con hermanos y cuñados (que qué alegría de cuñad@s, oyes, son pichis). Por cierto, tener dos hermanos con edades dispares y que se casen en el mismo mes no tiene perdón. Tengo la ilusión puesta en hermanopequeño, que de pequeño que es no sé si llegaré a su boda en condiciones de amortizar el vestido de princesa que usé en junio. Ains.

El domingo, además de la comida maternofraternalísima, recibí la buena noticia de que mi amigo A, de esa infancia que se resiste a abandonarnos y qué bien, ha tenido un bebé. Ya contaré lo precioso que es, porque pienso ir a verle esta semana. O la que viene.

Y poco más. Los juliolibros los contaré cuando encuentre el cuaderno en el que los voy apuntando. Creo recordar que fueron pocos, con los líos y tal. En cualquier caso, mi memoria de pez no me permite recordar sus títulos, así que habrá que esperar al deseado encuentro con el cuaderno.

En agosto he descubierto los libros electrónicos. Los he descubierto y de repente me han parecido un ideón. A mí, tan defensora del papel y tan reacia a las máquinas. Creo que ya me he leído tres, aunque sigo adorando los libros con devoción. Da igual las vueltas que le dé, mi ipad nunca olerá como lo hacen los libros. Nunca lo acariciaré como a un libro recién leído, mientras recuerdo y pienso y voy saliendo de la historia que me acaba de contar.

Y hoy he estado en el cine.

He visto La mejor oferta. Imprescindible. Si me queréis hacer caso, id a verla. La evolución del protagonista es antológica. Sólo la música (Enio Morricone) ya es fascinante. Es una película que conjuga intriga, sensibilidad, belleza... Una pequeña maravilla.

Cuenta la historia de un reconocidísimo y casi insensible experto en arte y propietario de una casa de subastas que recibe el encargo -de manos de una joven misteriosa- de tasar y vender las obras de arte que ha heredado de sus padres. La extraña relación con la mujer (que entre otras cosas no se deja ver mucho) le transforma y transforma su vida y sales del cine pensando y recordando y al cabo de unas horas sigues con la película en la cabeza. Es emotiva y es una peli de intriga y también de amor. Una peli de G. Tornatore que por lo menos a mí me ha regalado una gran tarde.

Volver al trabajo en agosto no deja de ser agradable. Todas estas tardes en blanco para llenar con pelis o museos o Madrid. Todas estas noches para escribir, leer y tomarse un buen algo helado.

Definitivamente estoy contenta.

Muy feliz semana.