martes, 18 de junio de 2013

¿las semanas vuelan?

Pues parece que las que son mías, sí.

Las dos últimas están resultando un sinvivir de horas que se van. Salgo de casa en tiempo record desde que me despierto, pero no llego hasta la hora ésa del zapato de cristal que -entre nosotros- en chanclas se vive igual de mal.

Llego tan cansada que me tiro en plancha sobre la cama. Duermo regu y me despierto cuando parece que acabo de cerrar los ojos. Y vuelta a empezar. Y mientras, los días pasan y las cosas se me acumulan en los sillones.



Telas para hacer saquitos, ropas de mini que ha heredado C, libros y libros, zapatos que se escapan del arcón, bolsas, papeles, pleimobils de M, cartas, más libros, bolígrafos, chuches y un millón de cosas más que sssshhhhhh creo que cobran vida por la noche.



Lo bueno de este ajetreo monumental son los sueños hiperactivos que tengo. Algunos no molan, pero los que son buenos -como el de ayer- resultan soberbios. Hasta he hecho eso tan típico de tener al lado de la cama un cuaderno y un boli para apuntar de inmediato lo que haya pasado, antes de que regresen para siempre jamás a esos fondos grises de los que salen.



Por lo demás, bien. Mucha marejadilla tirando a marejada para los próximos fines de semana, con áreas de mar gruesa y un gran humor con el que afrontar las cosas que pasan.

martes, 11 de junio de 2013

naturalezas

Ayer vi morir a un hombre bueno. Ocurrió a media tarde, en la mitad de mis quehaceres. Era un hombre mayor con el que no había tenido relación, pero era padre y abuelo de compañeras del trabajo. Tenía cara de buena persona, se comportaba como una persona buena y por lo que sé de los que sí le conocieron, lo era.

La situación inesperada y tan triste me condujo a un resto de tarde bastante reflexivo. No me dio por pensar en la muerte y la vida, sino en la naturaleza humana. Una naturaleza que nos va preparando para todos esos momentos cruciales en los que las cosas cambian.

Cuando era jovencita no quería ni oír hablar de los muertos. Murieron tres de mis abuelos y otros familiares muy cercanos y yo fui incapaz de asumirlos sin vida. No quise verlos. En algún caso hasta huí de la enfermedad que se los llevaba. No estaba preparada para el deterioro, el dolor, la pena ni el final.

La primera vez que me atreví a enfrentarme con un cuerpo sin vida ya pasaba de los treinta. Ahora no siento ni de lejos morbo por la muerte, pero no me afecta como entonces.

La reflexión de ayer se debe a la naturalidad con la que poco a poco voy asumiendo que la vida muere. Y a creer que es nuestra propia naturaleza la que nos va acercando a ese momento, justo cuando las posibilidades de enfrentarnos al mismo directamente aumentan.

Este pensamiento se unió a otro que barrunto desde que fui madre. No sólo el cuerpo se prepara para el momento del alumbramiento, también lo hacen elementos menos físicos -por ejemplo- los brazos (que aumentan, junto con el cuello para poder sostener con garantías el peso del bebé). Cuando va llegando el momento, las futuras madres dejan de dormir. Se despiertan por la noche varias veces. Para mí es evidente que es un proceso natural de plena transición a las noches en vela que vienen.

El cuerpo y las rutinas se van amoldando de manera natural al cambio que van a experimentar.

A estas reflexiones se unió una última antes de la cena. Mi trabajo actual (recuerdo que soy concejal en un pueblito de la sierra de madrid) conlleva muchas cosas buenas y un buen montón de maldades. De las buenas me quedo con la humanidad. Desde que trabajo por mejorar lo que me rodea, siento los problemas de las personas mucho más míos. He pasado del individualismo extremo del trabajo en una empresa en Madrid, con sus proyectos, clientes y dividendos a una vida en la que la relación con las personas que viven en mi entorno me está aportando momentos inolvidables.

Momentos buenos y momentos malos, que en cualquier caso me están ayudando a convertirme en mejor persona.

Estoy desarrollando sentimientos preciosos, que me generan mucha más felicidad que cualquier captación de clientes o aumento de capital. Hablo con mucha gente. Comparto jornadas buenas llenas de risas y compañerismo y momentos no tan buenos, como el de ayer, pero que serenan el espíritu y también son de mucho compartir. Sentir que eres de ayuda, que eres parte de una comunidad. Sentir que un abrazo puede más que un business plan se me antoja un gran trabajo.

miércoles, 5 de junio de 2013

en blanco

La página en blanco es un mal atribuido a escritores, pero me temo que todos tenemos miles de páginas que no en nuestras carpetas de la vida.

Yo ahora tengo una.

El formato es electrónico, pero el blanco es el mismo.

Querido Pablo,

No. Mejor Pablo a secas.

Mejor Querido Pablo.

Querido Pablo,

Uf

¿Querido? No

Estimado Pablo

Pablo,
 
Mi última página en blanco tiene forma de carta. De hecho, sería una carta si no existieran los ordenadores. Una carta de disculpa, de dar explicaciones, de pedir también. Una carta sincera y laboral. Laboral y nerviosa. Una carta a una persona que se admira y con la que se va a quedar regu.

Una carta rara que de momento es papel en blanco y que en nada se transformará en papel mojado.

Entre medias. Entre el blanco y el mojado, yo.

Mis ansiedades, mis dudas, mis excusas, mis miedos. También el sandwich de hace un rato. Reuniones. Pagos. Trabajo. Pins.

Entre el blanco y el mojado, pues eso, que sigue la vida. Y ante el blanco... divagar y mirar al techo y pensar estas bobadas y escribirlas a ver si cojo carrerilla y ya.

lunes, 3 de junio de 2013

mayolibros

Mayo tampoco ha sido extraordinario en libros. Tantos to dos no favorecen un espíritu reposado, necesario sin duda para esto tan fascinante de leer.

Desde luego, junio ha empezado diferente. Es probable que tenga mucho más que contar al respecto el mes que viene. Pero de momento quedémonos en mayo, con su mal tiempo y la frenética actividad.

En mayo he leido cuatro historias y un pequeño libro de poemas. A saber:

El cumpleaños secreto, de Kate Morton. El guardían invisible, de Dolores Redondo. La danza de los malditos, de Miguel Abollado. Thoreau - La vida sublime, de Maximilien Le Roy y A. Dan y Aquí, de Wislawa Szymborska.

Nunca hasta ahora había leído libros de Kate Morton. Parece ser que es una autora prolija en historias familiares enrevesadas y duraderas a lo largo del tiempo. En este caso, la historia se divide en tres espacios temporales y se articula en torno a una mujer. Cronológicamente le ocurre algo durante la II WWW que cambia su destino. Un par de décadas después un resquicio de ese pasado vuelve para no quedarse, ya que la mujer acaba con él y en la época actual, estando ella ya que se muere, una de sus hijas recuerda lo del medio y empieza a investigar y descubre la vida primera de la madre, oculta hasta entonces tras la pátina rosa de su segunda vida.

Un libro que compré en el súper (parece que por fin nos ha llegado esa moda tan británica de vender libros en centros otrora dedicados a comidas y detergentes) y que -como dice madre- por donde pasa moja.

En lo que respecta a El guardían invisible, regalo de jefeamigo Óscar por mi cumple, me ha gustado. Eso sí, el final es lamentable. Con el final no me refiero al desenlace, sino a las dos últimas hojas, que sobran infinito.

Este libro es policíaco y ambientado en Navarra. Entre nosotros, me encantan las novelas de intriga que ocurren en España. Sé pronunciar los nombres de los polis y los de los pueblos y las calles y entiendo el carácter de los personajes. No renuncio a los suecos, pero pordios que qué alegría cuando el autor es español. Igual me pasa con Domingo Villar o con uno que estoy leyendo ahora: Los crímenes de la Gran Vía. ¿No es una maravilla? Los crímenes de la Gran Vía. Tan familiar y eso.

Total, que éste del guardían me ha gustado. Es una historia de intriga, con un asesino en serie. Una poli que ha estudiado en quantico. Basajaunes (seres del bosque). Ciencia, creencia, historias familiares, asesinos varios y un equipo policial que puede con todo. Buen desenlace -ya lo he escrito- lamentable final.

En cuanto al libro de Miguel Abollado me gusta precisamente eso, que es de Miguel Abollado. Resulta que el autor y yo compartimos colegio, no amistad (yo más bien era amiga de su hermano Marcos). Aún no siendo amiguitos y (creo) no habiendo intercambiado una sola palabra con él en mi vida, mola leer un libro de alguien con quien has coincidido en el bucle espacio-temporal. Resulta que cuando escribe sobre la profesora Chelo es tu profesora Chelo y le pones la cara exacta y sabes mejor que muchos de qué está hablado el prota.

El libro me lo regaló meteorólogo también por mi cumple. Muy ilusionado por la feliz coincidencia de nuestras vidas en común con el escritor. A pesar de algunos problemillas con los tiempos verbales y un par de cosas más que podrían mejorarse en sucesivas ediciones (ya van dos), me ha gustado. También es de intriga. En este caso, la historia se desarrolla en Madrid -en un barrio también muy mío- y gira alrededor de unos bocetos de Goya que componen un cuadro escondido por el que varios personajes incluso matan.

El libro sobre Thoreau es una novela gráfica, muy en la línea de la de Virginia Woolf que ya comenté aquí, aunque bastante más simple en cuanto a su contenido. Las dos son de Impedimenta (editorial) y se nota. No ahonda mucho en la vida de Thoreau, pero para eso ya tengo el primer volumen de sus diarios y Walden, que lo mismo releo un día de estos.

Y por último, Aquí. Descubrí el año pasado a Szymbosrka, mientra preparaba mi intervención en la apertura de las actividades por el Día Mundial de la Poesía. Tiene esta autora un poema precioso sobre la poesía. Este año, uno de los intervinientes en el mismo evento leyó otro poema de ella y quedé tan encandilada que me he hecho fan. Aquí es un librito mínimo y a la vez infinito.

Mirad qué hermoso:

Vermeer

Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.