jueves, 29 de septiembre de 2011

el concierto veintiuno

Hay cosas que entran en una vida y se quedan para siempre. Estoy pensando en la mía -of course- y en el concierto para piano nº21 de Mozart.

La música es una de esas cosas que llega para quedarse. Cuántas canciones llevo en la cabeza. Y hoy, esta noche, cuando me he acordado de él -no sé cuántos años después- he sentido un agradable sentimiento de anticipación y con los primeros compases... algo tan sencillo como cerrar los ojos y dejarlo volver.

Si hubiera ido en un coche hubiera sacado la mano por la ventana para hacer olas de viento.

Lo tengo entero en la cabeza. No importa las vidas que me han pasado por encima. Sigue aquí dentro. Y siguen (i) los movimientos -os dejo al final parte del allegro con la recomendación de que lo escuchéis entero... el allegro y el concierto- y (ii) las sensaciones que evocan, que siguen siendo las mismas.

De qué pequeñas maravillas está hecha la vida.

El concierto 21, una puerta que se abre, un escalón, una sonrisa, M que me dice entre sueños “y yo a ti mamá” cuando al arroparle le doy un beso y le digo que le quiero, la felicidad de C cuando imita el baile de la profesora de alemán, los atardeceres del otoño, las sorpresas, hablar, planificar una tarde o todas las caciones del mundo.

martes, 27 de septiembre de 2011

las convenciones sociales

Deben ser necesarias en un punto que yo no alcanzo a entender. Necesarias para nuestra convivencia, quiero decir, porque para nosotros -como individuos- no pueden ser más nefastas.

Nos hacen vivir mintiendo, escondiéndonos, haciendo trucos de magia para pasar desapercibidos. Demonios, yo no quiero disimular. Si estoy mal... debería poder estar mal y si no puedo ser más feliz también debería tener la libertad de expresarlo.

Pues no. Si estoy mal tengo que poner buena cara y ya llegaré a casa (también está la opción urgente de encerrarme en cualquier baño) y si estoy bien tengo que poner mala cara y cuando llegue a casa ya veré si no se me han pasado las ganas de dar saltitos de alegría.

¿En qué momento decidimos que era mejor vivir como ovejas? Renunciamos a nuestros instintos por algo tan poco relevante (al menos en mi caso, que puede que ahí esté la respuesta) como lo que pensará el de al lado -al que, entre nosotros, ni conocemos y al que, entre nosotros, es probable que un día dejemos de ver para siempre jamás.

O sea, que dejamos de hacer cosas que nos emocionarían porque ese efímero de al lado puede pensar que somos malos malísimos y hacemos cosas que nos importan una cacadevaca porque ese efímero de al lado internamente nos va a aplaudir.

Pues a la mierda con el efímero de al lado.

Que yo quiero vivir.

… iba a dejarlo aquí cuando me ha asaltado una duda tremenda.

¿Y si no vivimos en función de lo que piensen los demás sino en función de lo que queremos que los demás piensen de nuestras vidas?

Entonces vivimos en un mundo de apariencias, en el que nunca nada es lo que parece. Nos engañamos a nosotros mismos. ¿Puede haber algo peor que engañarse a uno mismo? Vivimos dobles vidas y somos espectadores de miles de dobles vidas. En este caso... ¿en qué momento decidimos que era mejor vivir de rodillas?

mi espacio exterior

Hoy a las 12:00h necesité respirar y cogí el coche para llegar, en dos minutos, al planeta de la tranquilidad.

En el planeta de la tranquilidad el sol calienta y el viento no deja que nos queme. En el planeta de la tranquilidad puedo quitarme los zapatos. En el planeta de la tranquilidad invariablemente acabo sonriendo.

Y allí sentada, rodeada de los sonidos del planeta t, he vuelto a reordenar las prioridades, a organizar los frentes abiertos, a tomar decisiones.

Esto es lo que quiero y lo quiero así. Mmmm.... esto no, de ninguna forma. Me encontraba tan bien con los ojos cerrados y el sol calentando mis mejillas que por un segundo casi me quedo allí a vivir.

Por un segundo, porque al cabo de un tiempo, con los pulmones llenos de ese aire que me había faltado antes y la cabeza llena de responsabilidades, he emprendido el camino de regreso. El paseo hacia el coche ha sido estimulante. Caminaba con bastante firmeza. Me sentía bien.Veinte minutos en el espacio exterior centran.

Lo juro.

Entre estas cosas y otras (ay), hoy he pasado un buen día. Ahora descanso leyendo y escribiendo y escuchando bajito un piano, alumbrada con velas. No estoy en el planeta t, pero tampoco me importa.

Me gusta cómo me siento.

domingo, 25 de septiembre de 2011

ganarse el cielo

Esta mañana, mientras admiraba el reportaje de cuatro páginas que el país dedica a mr, he decidido invertir esa parte rara del domingo en la que no sabemos qué hacer en preguntarme en voz alta por qué se escriben tantas gilipolleces.

La conclusión inicial -advierto que no le he dado más vueltas- es del tipo si-escribo-estas-cosas-tan-ideales-a-estas-alturas-me-tiene-que-ir-muy-bien-en-la-vida,-soy-tan-chuli. O sea, que entiendo que el que nos hace creer que mr es un super héroe (“de joven, se precipitó de noche por un barranco al volante de su coche y, cegado por la sangre coagulada que cubría sus ojos, logró liberarse de la mortaja metálica y gatear a tientas y a ciegas hasta llegar a la carretera”) ha pretendido ganarse el cielo laboral de los próximos años con el clásico método de la pelota.

abroparéntesis Por supuesto en un segundo sigo con las escribiditas de este señor, que me han encantado, peeeero es que hace un rato, leyendo el libro de Ayaan Hirsi Ali, se me han saltado las lágrimas y he pensado por segunda vez en esa frase: ganarse el cielo. Qué formas tan diferentes de vivir, la del hombre que bota y la de la mujer que no se murió “y al día siguiente tuve que ir a la escuela. En uno de mis ojos había estallado una vena, tal vez a causa de la paliza del ma a lim o por los golpes que me había propinado mi madre” cierroparéntesis.

Pero volviendo al primero -del libro ya escribiré- lo que decía, qué ejercicio tan maravilloso de florear la información.

Ya el primer párrafo atrapa, con la imagen del protagonista cabalgando sobre una ola poderosa que arriba triunfal a la playa que es la residencia presidencial. A partir de aquí, gotas de información ensalzante: la heroicidad de la sangre coagulada, su incorporación al mundo laboral con la gloria de hacerlo siendo el más joven del país, su mujer que es una “emulsión de frescura juvenil”, esos momentos de ocio en los que “se castiga en la bicicleta estática y sale a andar fuerte por las mañanas -hay que imaginarse al gigantón barbudo y algo desgarbado caminando velozmente a grandes zancadas como el señor de los bosques de la sierra madrileña”

¿Señor de los bosques? ¿De verdad todo esto es necesario?

¿De verdad nos importa que haya “bajado cuatro o cinco kilos y su figura se haya afinado bastante, de forma que la traza de su perfil sigue ahora una trayectoria mucho menos curvilínea”? ¿Es relevante para este país que sea amigo del buen comer y beber, que mantenga largas sobremesas y que sea hombre que necesita dormir sus horas (que sepáis que se irrita si no cubre sus mínimos de sueño)?

¿Qué podemos esperar del mundo si perdemos el espíritu crítico?

Me he puesto de mal humor y la calabaza lleva un buen rato fuera de control. Lo dejo por ahora, pero seguiré de cerca las escribiditas de este periodista tan mono.

libros libros libros

Vamos a poner que fue mayo el mes en el que dejé de leer. La vida tiene estas cosas y de mayo a aquí creo que no he acabado ni un libro, pero me he comprado... diría que varios, pero es que muchos.

Y ahora que retomo con cuidado y muchas ganas el pequeño placer de abrir un libro y dejarme llevar... no sé por dónde empezar. De momento ando con cuatro. Dos previos a la vida de hoy y dos nuevecitos. Los previos son El gran árbol, un cuento de Susanna Tamaro y La voz del violín, de Camilleri. Debería haberme quedado con estos y acabarlos, pero cuando un libro se alarga tanto en el tiempo (en ambos casos por causas ajenas al libro, pero da igual) me apetecen cosas nuevas, y es así como he llegado a Mi vida, mi libertad, de Ayaan Hirsi Ali y a otro de Camilleri (gracias, gracias), El traje gris, que me recuerda a Sabina pero no.

El gran árbol es un librito que me regaló C y que leeré con ella dentro de muy poco. Cuenta la historia de un abeto, de lo que ve desde su altura... las transformaciones del mundo que le rodea, guerras, personas. Un canto a la naturaleza, dicen. Cuando lo termine os daré mi versión.

Los dos de Camilleri son dos de Camilleri. Entretenidos, bien escritos, interesantes, recién empezado el segundo y bastante avanzado el primero. Creo que esta noche me acostaré con uno de ellos. Probablemente el segundo, que me apetece más.

En cuanto a Mi vida, mi libertad... de éste prometo hablar cuando lo termine. Y hablaré en términos comparativos con Shame, de Jasvinder Sanghera, un libro que leí hace unos años. Los dos son autobiografías que comparten el tema del desarrollo de la mujer en entornos represores y sus enfrentamientos a la religión, a sus tradiciones, a todo lo que las anula por su condición de mujer.

En fin, que poco a poco retomo hábitos y que tengo intención de compartirlos.

hablar


Para no ser de mucho hablar, en los últimos tiempos vivo en un sinparar. Hablo de mi vida, hablo de mis penas, cuento lo que no leo, hablo a multitudes, hablo bajito, hablo sin querer y hablo sola, como mi abuela.

Hablo por hablar -reconozco que esto es muy ocasional- y hablo porque me sienta bien. Me siento bien. He descubierto que hablar, que contar, que airear las cosas de por ahí dentro es reconfortante. He descubierto que además hasta hay quien me escucha con interés.

Pero ahora estoy empezando a tener frío, así que abandono mis blablablas para ponerme mi nueva y calentita sudadera, muy de mi color y -entre nosotros- adquirida por usucapión.

jueves, 22 de septiembre de 2011

listas

Supongo que porque mi vida necesita orden me ha entrado una necesidad frenética de listar. Listas de la compra, listas de cosas que hacer, listas de cosas que no hacer, listas de nuevas normas, listas de libros, listas de canciones, listas de palabras bonitas, listas de colores, listas de comidas, listas laborales, listas de sí, listas de ni de coña, listas abiertas, listas cerradas, listas de frases de ayer, listas de flores que quiero, listas de muebles, listas de destinatarios, listas de cumpleaños, listas de planes infantiles, listas de planes de lucía, listas de medicinas, listas cosas que debería limpiar, listas de abrazos que quiero dar, listas de listas.


Es evidente que esto de las listas se me ha ido de las manos. Aún así, las reivindico y las reivindico en su doble vertiente: útil, por un lado y literaria por otro.

Porque las listas -con amor- son de lo más literario que he hecho últimamente (literario, entre nosotros, para que nos entendamos).

Resulta que empecé con una listita básica... digamos de cosas que comprar (lo primero una cama por diossss). Y seguí por otra de cosas que hacer. En la tercera -algo que ver con los pins- empecé a coger ritmo y no me refiero a ritmo de agilidad, sino a ritmo poético, cadencia. Las frases ya no sólo enumeran, sino que se convierten en algo más musical.

Asombrada por esto de las listas y la música me acordé de un librito precioso. Se trata de Me acuerdo, de Joe Brainard. Una larga y deliciosa lista que os recomiendo.

Porque soy así, os dejo 14 de esos me acuerdos. El resto ya sabéis dónde encontrarlo.

Me acuerdo del día que murió Marilyn Monroe.

Me acuerdo de muchos primeros días de colegio. Y de ese sentimiento de vacío.

Me acuerdo de muchos septiembres.

Me acuerdo de cuando pensabas que si hacías algo malo, la policía te metía en la cárcel.

Me acuerdo de la gente muy mayor cuando yo era muy joven. Sus casas olían raro.

Me acuerdo de la que vida era tan seria entonces como lo es ahora.

Me acuerdo de un pinatuñas rojo oscuro casi negro.

Me acuerdo de un día muy caluroso de verano en el que se me ocurrió poner cubitos de hielo en el acuario y se murieron todos los peces.

Me acuerdo de querer dormir en el patio de atrás y de que se riesen de mí diciendo que no iba a aguantar la noche entera y de, al final, dormir fuera y no aguantar la noche entera.

Me acuerdo de las fuentes que empiezan por un chorro pequeño y cuando pones la cara sale un chorro gigante que se mete en toda la nariz

Me acuerdo de la sopa de pollo con fideos cuando estás malo.

Me acuerdo de los filetes de pollo empanado.

Me acuerdo de llenar la cubitera hasta arriba y de intentar llevarla hasta el congelador sin que se me derrame nada.

Me acuerdo de lo que cuesta poner fin con naturalidad a una carcajada en público.

sábado, 10 de septiembre de 2011

cambiar

A pesar de cosas tan divertidas de escribir como un accidentado descenso del Sella con los pins, la vida -con sus cosas- ha dado tanto la vuelta en tan poco tiempo que el plan vacaciones en el mar ha quedado en el puesto 23 de mis prioridades.

La vida esa de la que hablo me tiene hoy en una casa nueva. Haciendo por fin lo mismo (escribir y comer conguitos), aunque con una sensación extraña, será el medio eco éste de la falta de muebles.

Dice A que todo cambio es para mejor. De eso estoy segura. De momento me ha gustado sentirme tan arropada. Resulta que no estoy sola. Toma ya.

También he tenido mudanza de despacho. Del mío pequeñito tan mono y tan feliz a otro mucho más apropiado -dicen, ay- a mi nuevo y relevante status de concejaladelegada. ¿Cómo explicar que el trabajo no depende del espacio, sino del compromiso? Imposible, sweeties.

Así que cambio doble de ubicación.

Afortunadamente todo está volviendo a su sitio y yo vuelvo a leer por las noches. La que acaba de terminar he alternado tres (entre nosotros, no sabría decir cuáles) y un par de tintines. Luego me quedé dormida y hoy el sol inunda mi nuevo salón.

Parece que todo va bien.

Espero retomar el resto de mi actividad en breve y contaros un día eso tan divertidísimo que nos ocurrió en un río hace más o menos un mes.