sábado, 30 de julio de 2011

el fúbol es así

En un alarde de antiglamour a tope, el otro día fui al fútbol. El ratoncito pérez, que es súuuuuper súuuuuper sagaz, le trajo a M una entrada para ver al equipo de sus por ahora sueños. El chiquitín aún está verde para ir solo a según qué sitios, así que nos organizamos para escoltarle en esa velada tan especial.

Escurrí con gracia el bulto de liarme bufandas al cuello y aún así, creo que me mostré lo suficientemente entusiasmada como para que M disfrutara de la cosa. Ni un segundo de mal humor, ni una mala palabra, todo felicidad y emoción y –por supuesto, jejeje- disección antropológica mental del fenómeno masivo por excelencia.

Es extraordinario esto de los blogs. Ahí sentada, tan rodeada de hinchas y bocadillos de jamón, sólo pensaba eso de “esto es un auténtico filón”.

El señor de delante, que debía ser por lo menos seleccionador nacional, no se creía lo que veía. Nos impartió (indirectamente, porque hablaba sin dirigirse a nadie en particular) unas clases interesantísimas de técnica futbolística aplicada, que me permitieron descubrir eso que nadie había explicado a las figuritas de colorines que retozaban en el césped. Este maestro del fútbol –campeón nacional de pelar pipas sin dejar de hablar- se desesperó tanto que al final amenazó con bajar él mismo a tirar.

El señor de atrás era más de andar por casa y un poquito más coñazo también. Tenía dos frases que alternaba en fracciones de segundo, a saber

- ¡Apreta, apreta! – cuando un colorín llegaba a la portería contraria y

- No puede ni con las botas – el resto del tiempo.

Y el de mi derecha… uf el de mi derecha. Ese daba miedo. A ver, resulta que en los estadios siempre hay un grupito cantarín, que se pasa las dos horas coreando cancioncillas algunas graciosas algunas no. Animan mucho, los cantarines. De hecho, si no fuera por ellos las dos horas podrían convertirse en años, con eso de la relatividad del tiempo. Pues el señor de mi derecha era el que organizaba a los cantarines, o eso parecía, tan enganchado al móvil.

- ¿Me ves? Estoy aquí, enfrente de los banquillos. Estoy levantando la mano (entiendo que el mafioso hablaba con un amigo por supuesto mafioso que tenía un súper equipo de visión de aguila imperial).

- Mira ostias, dile al chache que dejen de cantar esa del DG. Que paren ya, me cago en diosss.

- (…)

- Pues yo qué sé, que se metan con el cabrón del P, pero que al DG lo dejen ostia.

Y dejaban al DG. Yo le miraba de soslayo como para hacerme una idea de su aspecto y volvía a mirar al campo un poquito acojonada, con esa necesidad maternal de proteger a los pins con el brazo izquierdo y unos cuantos besos.

Lo que se dice una experiencia.

lunes, 25 de julio de 2011

odiosas comparaciones

Que llevo tiempo sin centrarme, lo reconozco. Que estos dos últimos días han dado mucho de sí, también. Que no debería leer catorce libros a la vez, lo sé. Que la satisfacción de acabar uno preciosísimo no desaparece aunque se empiece otro desastroso, es un hecho.

He cerrado pensativa El refugio de la memoria, de Tony Judt, para abrir uno que nunca debí comprar. Uno nunca se tiene que comprar un libro con un título tan chorra como Bruno, jefe de policía, porque lo mejor que le puede pasar es leer el primer capítulo y querer tirarlo por la borda, sólo que aquí no huelo el mar.

A ver, me apetecía una novelita fácil de esas de no pensar con los pies en alto y el sol desparramándose a diestro y siniestro. Bruno me pareció tan maja como otra cualquiera, con las uvitas provenzales en la portada y eso, pero es que no.

Aún así, pienso leerlo. Puede que incluso lo acabe hoy (qué chulería). Es cutre pero no engaña, así que no lo azotaré con el látigo de mi indiferencia. A éste le voy a dar su oportunidad, aunque veréis…

Hay dos cosas que no me gusta leer. Una son palabras grandilocuentes para decir cosas sencillas. Me da la sensación de que el autor no confía mucho en sus posibilidades. O sea, que tu primera frase sea “En una resplandeciente mañana de mayo, tan temprano que los últimos jirones de neblina aún persistían sobre el gran recodo del río…” a mí ya me da que pensar.

Ostras.

Ostras cómo empieza éste.

Ostras no sé si seguir.

Dos cosas, decía. Una, las palabras grandilocuentes. Dos, las enumeraciones. Si no tienes nada que decir, autor, no digas nada. Si la historia se te queda en 127 hojas, autor, no pasa nada. ¿Por qué tienes que tostar al lector con miles de datos irrelevantes? ¿Es que nadie te ha dicho que eso cansa? ¿Que en verano induce el sueño? ¿Que favorece la lectura diagonal? ¿Por qué crees que es necesario que yo sepa que Bruno lleva en su vehículo (mejor coche o furgoneta, autor, es más simple):

“una palanca, un amasijo de cable de batería, una cesta con huevos recién puestos y otra con los primeros guisantes de primavera de la temporada ¿?, dos raquetas de tenis, un par de botas de rugby, zapatillas de deporte, una gran bolsa con varios tipos de prendas deportivas, el sedal de una caña de pescar, un maletín de primeros auxilios, una pequeña caja de herramientas, una manta, una cesta de picnic con platos y vasos, sal, pimienta, una cabeza de ajo, una navaja de bolsillo, laguiole ¿? Con cachas de cuerno ¿?, un sacacorchos y una botella de la no muy legal eau de vie de un amigo granjero, un par de viejas esposas, una linterna, un cuaderno y algunos bolígrafos”

Todo, ay Bruno, menos el pesado cinturón con sus accesorios de funda y pistola. Resulta que la MAB 9mm no la suele llevar encima, claro que sólo la tuvo que utilizar tres veces: el día que avistó un perro rabioso, cuando el presidente de francia hizo un mistermarshall en el pueblín y cuando se escapó el canguro boxeador de un circo local.

Increíble ¿verdad?

Y a pesar de todo, voy a darle una oportunidad, no sé si porque me apetece diseccionarlo (jijijiji) o porque después de Judt a cualquier cosa le saco punta.

sensaciones y realidades

Esta mañana lo que ha conseguido sacarme de la cama y de mis sueños ha sido ese delicioso olor a desayuno que llena las casas compartidas en los días festivos. Me he despertado pronto y me he quedado… pues eso, soñando y leyendo y volviéndo a adormecerme y ahí seguiría si no hubiera sido por ese olor marrón de café, de pan tostado, de rutina de domingo un lunes.

Es curioso el efecto de los sentidos porque ni me gusta el café ni tomo pan tostado ni suelo desayunar más allá de un té que olvido frío entre mis pensamientos y las primeras frases del día.

Así que mi nariz me ha conducido a la cocina y mis pensamientos se han quedado anclados a una idea y se han quedado tan anclados que son casi las cinco de la tarde y aún sigo dando vueltas al mundo de las sensaciones y las realidades.

La diferencia fundamental entre las sensaciones y las realidades son los ojos.

Las sensaciones son ojos cerrados. Cuando los abrimos la realidad nos golpea. En la realidad, los ojos están abiertos. En la cama, con los ojos cerrados, el olor a mañana me ha querido decir algo. La sensación era agradable. Las posibilidades ilimitadas. Pero he abierto los ojos y he entrado en la cocina y el trozo de pan se me ha atragantado en la garganta y el té hoy no estaba tan bueno.

He subido dando vueltas a otras sensaciones, como las que me proporcionan los campos de girasoles o dar un abrazo a un árbol. Los campos de girasoles me hacen sonreír, me encantan. Cierro los ojos y me veo paseando entre las flores, el sol que se deja ir, los brazos desnudos, las manos rozando las olas amarillas. ¿Habéis visto alguna vez (ojos abiertos) un campo de girasoles de cerca? Yo no me atrevería a dar un paso. Pinchan, los bichos, la tierra seca, me pica la nariz.

En cuanto a los árboles… hace dos días abracé uno. Cerré los ojos y era algo diferente lo que abrazaba. Los abrí y era un árbol. Sólo un árbol.

Cerrar los ojos nos catapulta a mundos que nos gustan. A los mundos de las sensaciones, de las cosas que queremos. Abrirlos nos coloca en la realidad. En los mundos de las certezas, de las cosas que tenemos.

Y nunca lo que tenemos se parece a lo que queremos. La vida que vemos con los ojos abiertos nunca coincide con la vida que sentimos cuando los cerramos y nos dejamos llevar por lo que somos.

martes, 19 de julio de 2011

1, 2 y 3 yo me calmaré

La inspiración... ese elemento tan curioso en la vida de quien escribe. Va y viene en función de todo. En este caso se ha ido, para lágrimas de todos aquellos que os habéis quedado sin leer una de las experiencias más hilarantes de mis últimas vidas. En resumen y sin gracia -por esa musa que nadaporaquínadaporallá- hoy hemos entrado en casa por la ventana. Los pins y la madre -no sé si pobres- que tienen.

Un espectáculo digno del mismísimo azcona.

Me entristece haber dejado escapar el momento de contarlo, pero las obligaciones maternales pueden con todo y -entre nosotros- después de preparar la comidita, discutir hasta la extenuación, abandonar a los pins, llenarme el vestido de yogur, recoger la comidita, limpiar la cocinita y discutir hasta la extenuación (esto lo había escrito antes, lo sé, pero es que he repetido)... después de todo eso, cuando por fin me siento, lo de la ventana -además de que parece que ha pasado hace un mes- ya no tiene ni puta gracia.

Ahora me he transformado en rotenmeyer. C a mi dereha, haciendo ejercicios de matemáticas y M a mi izquierda escribiendo el barco zarpa a las nueve. O sea, C a mi derecha mirando al techo (en qué estará pensando) y M a mi izquierda columpiándose en la silla.

Definitivamente, alguien se tenía que ocupar de confeccionar un manual con soluciones cariñosas para estas situaciones en las que es tan fácil convertirse en la peor madre posible. No es que esté echándo espuma por la boca (de momento), pero ahora no soy ni mucho menos lo que en el mundo feliz de las madres chulis se considera guay.

Así que me voy a tumbar al sol.

Que tengo mucho en qué pensar.

Y más que leer.

A ver cuánto dura el plan.

jueves, 14 de julio de 2011

libros estafa

Hay libros buenos y malos, libros que me gustan o libros que me gustan menos. Hay libros que me entusiasman y de los que disfruto página a página. Hay libros que no quiero que acaben. Hay libros que me dejan meses dando vueltas a una idea. Hay libros que no entiendo. Hay libros que no me emocionan. Hay libros y libros y luego están los libros estafa.

Los libros estafa son los menos, es verdad, pero cuando me encuentro con uno de ellos me sienta remal, con ganas de escribir a la editorial un por diossss por diossss ¿en qué estaban ustedes pensando ayer?

Los libros estafa son los que engañan. Según leo voy pensando mmmm... esto no es y releo el principio y sigo y mmmmm.... vamos a ver unas páginas más allá y retomo donde lo dejé y mmm.... definitivamente no va. Esta señorita me está engañando.

El engaño de los libros estafa es sutil, claro. Si partimos de la relación libro-ficción, decir que un libro engaña a priori tiene el reparo mental del si es un cuento, qué esperabas monina, pero yo no me refiero al argumento. Mi engaño está más ligado al autor. Probablemente un libro estafa es un libro en el que el autor se engaña a sí mismo y el lector lo nota.

Un autor que no es sincero no merece la pena. Un autor que menosprecia a los lectores no merece la pena. Las cosas que alguien escribe pensando que el mundo es lo suficientemente lelo como para creerlo... no merecen la pena. Porque es que esas cosas se notan. Se nota que te están tomando el pelo, se nota que todo es mentira y -mira que me jode- pero cuando esto me pasa hago eso tan ordinario de abandonar el libro a medias (pobre, como si él tuviera la culpa) en ese rincón oscuro dedicado a los libros que no.

miércoles, 13 de julio de 2011

flan sin nata

Me recuerdo hace dos vidas dedicando una calurosa tarde de verano a frank sinatra, en un arrebato de cantar y bailar todas sus canciones. Me recuerdo en esa especie de escenario que improvisé en mi casita de madrid, con un vestido muy corto, con unos doce kilos menos (arrghhhh) y con una agradable espectación entre los asistentes, no en vano soy tímida y el espectáculo no parecía que fuera a salir nada bien.

Ayer, viendo los puentes de madison, oí una frase que interpreto así como... yo nunca he sido así, pero tampoco nunca me he sentido más yo que ahora.

En eso ando estos días, y en eso también estuve aquélla tarde de frankie. Desde entonces a veces vuelvo a él, y aunque no nunca repetí los bailecitos, es escuchar cualquiera de sus canciones y sentir de nuevo aquella sensación de no ser yo, pero ser más yo que nunca.

Seguramente estos días retorno a él por lo que se parecen a aquélla tarde de hace mil años en la que -como dijo el poeta- me liberé y fui.

Y como esta noche ya toca FS, os enlazo ésta


y ésta

y por supuesto ésta

martes, 12 de julio de 2011

esta mañana

Una de las cosas que más me gusta hacer es despertarme y quedarme en la cama dando vueltas dos horas o así. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan y lu piensa y lee y se medio duerme y ¡ostras! planea el súper desayuno.

Mi SD lleva incorporado té -of course- pan, mantequilla, huevo y pepino. Y no me imagino nada más emocionante que estar dando vueltas en la cama y darme cuenta de que ¡ostras! tengo todo para el SD y no hay pins -inciso: los pins son anti SD por dos motivos (i) es fundamental que el SD se tome en soledad, disfrutando de cada sabor... pensando, leyendo o mirando por la ventana. Sin soledad y silencio el SD no vale un pimiento y (ii) no es lo mismo hacer 1 que hacer 3, recoger 3 que hacer como que recoges 1, y yo-no-quiero-pepino-mamita-se-me-ha-caído-el-huevo-bébete-la-leche-de-una-maldita-vez-yo-quería-zumo-aaaarrrggghhhhhh. Definitivamente no es lo mismo.

Anoche llegué a casa, me duché y así, con toalla y todo, me quedé dormida hasta el madrugón no previsto de hoy. Lo bueno de haberme despertado tan pronto es que he disfrutado de mis horas de nada y que entre vuelta y vuelta he hecho un rápido recuento mental de mi nevera y a pesar del eco que ya empieza a haber ¡tenía posibilidades de superdesayunar!

Así que, feliz por mi buena estrella, he dejado la cama con ganas y he salido al jardín a aprovechar los primeros rayos del sol para estirarme y robarle un par de melocotones al vecino. He dado una vueltecita poraquíporallí, retrasando conscientemente el SD y cuando ya no podía soportar más la espera he dado al botoncito de la kettle... y en marcha!

Esta mañana estoy contenta.

Además del SD y del despertarme sin prisa, hoy voy a hacer dos cosas que me apetecen mucho y me siento muy sonriente.

Y no sigo, porque al final se me va a echar el tiempo encima y eso sería terriiiiiiiiiiible!

los abrazos de lucía

Un día bajé a la tierra o bajé la guardia, aún estoy decidiendo qué pasó, y me convertí en eso que llaman persona normal, con sentimientos y así, y empecé a querer abrazar a todas las otras personas a las que sentía sufrir.

Cuento esto porque me asombro de mí. Yo, que tradicionalmente he sido distante en mis relaciones con el mundo, de repente me encuentro queriendo hacer llegar mi apoyo, mi amistad o mi amor en forma de abrazo.

De repente me importan los problemas de las personas que me rodean. Vamos a ver, antes me importaban también y también trataba de ayudar a solucionarlos, pero sin el sentimiento de hoy, sin la implicación emocional de las últimas veces.

Yo siempre he sido muy objetiva. ¿Tienes un problema? Vamos a solucionarlo, pero desde la razón. Vamos a pensar, vamos a decidir.

Y ahora de repente siento que un abrazo puede más que toda esa ayuda pensante. Un abrazo hace llorar, un abrazo reconforta, un abrazo hace desaparecer la soledad, también hace sonreír.

Y esto de ahora es ya la ciencia ficción de mi vida
: yo nunca me he dejado abrazar en mis momentos grises. De hecho, ni siquiera creo que haya llegado a compartirlos (más allá de mis conversaciones asépticas con el librero). ¿Y sabéis qué? Ahora me apetece que lleguen, para dejarme abrazar por todos los que sé que estaríais dispuestos a hacerlo.

sábado, 9 de julio de 2011

cosas sencillas

un columpio

mmmm.... cómo me apetece sentarme ahí. Qué bien huele y qué verde es todo. Me encantan las vallas de madera. Me estoy mojando los pies andando por aquí. Me gusta. Se está tan bien. Y este silencio es soberbio.

Qué bonito. Es de madera, también. ¿Y estas cuerdas? Deben medir varios metros. Parece consistente. Vamos a ver. Impulso y... aaaahhhhh ¡estoy volando! Me tumbo y todo el pelo vuela conmigo. Arriba los trozos de cielo que me dejan ver los árboles. Adelante y hacia atrás y otra vez hacia delante y el silencio tan especial del río. Me impulso y me tumbo y veo mis pies ahí arriba. Me enderezo y estoy en el viento y el agua me salpica.

Extiendo los brazos y me tengo que reír. No quiero parar. No quiero que esta felicidad termine.

regar

Era tan temprano que no tenía otra cosa que hacer que regar mi jardín. Regar es algo de lo que disfruto. Me gusta hacerlo por orden, primero lo de comer, que crezca ya y bueno, y a partir de ahí por tramos y zonas. Me gusta regar las hortensias, porque me gustan las hortensias. Me gusta regar las copas de los árboles. Es algo que no suelo hacer por el sol, pero tan temprano y sin sol hoy lo he hecho. Me gustan esos restos de agua que al caer de nuevo al suelo me mojan los hombros y la cabeza. Me gusta cómo huele la tierra. Me gusta cómo huele la hierbabuena cuando se moja. Me tranquiliza no tener nada mejor que hacer que tocar las hojas de los árboles, que revisar las tomateras, que deambular por el trocito de tierra que rodea mi casa. Me gustan los colores. Me gusta que se me mojen los pies. Me encanta el primer rayo de sol que calienta la espalda y darme la vuelta y cerrar los ojos y sentir que empieza un día perfecto.

tumbarse en una piedra

es algo que deberíamos hacer más a menudo. Dejar que el cielo pase y terminar la tarde. Apreciar los cambios de color. Escuchar y oler y a veces cerrar los ojos. Las piedras regalan el calor del día. Recuperar el buen humor es más fácil sobre una piedra.

una canción

Arden las hojas en los parques sin luna
rueda el firmamento en el agua.
Dueña del reino de la buena fortuna
toma mi canción más embrujada.

¿Cómo decirte que se aleja una nube
y que tengo miedo a que me abandones?
¿Cómo pedirte que me tengas presente
allá en el infinito de tus constelaciones?

Acércate, acércate.
Siento que toda la vida es
ahora.

Llevas a los barcos a ciudades sin mares
salvas a los que naufragaron.
Guardas el eco de lo que haya existido
reina paciente de los desamparados.

¿Cómo decirte que desatas la Música
que te veo y quiero enamorarme?
¿Cómo contarte que me encuentro perdido
en la belleza de tus soledades?

Acércate, acércate.
Siento que toda la vida es
ahora.

y una mirada.

domingo, 3 de julio de 2011

bichos raros

En la parte primera del día, cuando todo iba muy bien, he empezado un libro de textos escritos por Erik Satie, el compositor francés al que alguna vez he mencionado por aquí. Como compositor, tengo que reconocer que me fascina. Su música es bella en la simpleza. Evoca, calma y remueve, al menos a mí.

Es una música que escucho muy muy a menudo. Ahora mismo, sin ir más lejos, he abierto el frasco de las gymnopèdies.

El caso es que esta mañana, después de leer casi la mitad del libro, me he sentido muy bien. Satie, como creador, era extraordinario, estaba completamente fuera de la norma. Pensando en sus extravagantes escritos y en su forma también extravagante de sentir, me he descubierto una sonrisa cómplice.

Soy un bicho raro. Sí, sí... pero no estoy sola! Y no es que me compare con ES, que no, pero al leerle hoy y pensar pero a este hombre... ¿nadie le dijo nada? -entre nosotros- me he sentido muy bien.




Pero eso era antes de que el día dejara de brillar. Después... enfado, disgusto y frustración, que he decidido manejar con una puerta que se cierra mientras abro la de la librería. Y así ha discurrido hoy el día, entre música y libros, entre sentimientos y pensamientos. En cuanto a la noche, espero seguir contando historias y hojeando mis cinco nuevas adquisiciones. Una porque sí, otra ¿por qué no?, otra para descansar, la cuarta me apasiona y con la quinta empiezo en un rato.

Después de comer algo... porque me muero de hambre!

sábado, 2 de julio de 2011

los hombres grises

Los hombres grises son invisibles. Los hombres grises no dejan rastro. Los hombres grises pueden gritar y llamar mi atención, pero desaparecen de inmediato de mis areas de interés.

Los hombres grises no existen. Mi cerebro no es capaz de asimilarlos. Y hoy, tan asombrada por haberme dado cuenta, quiero dedicar una entrada a todos ellos, a todos los hombres gris marengo que habitan en silencio este mundo de colores.

No es malo ser gris, porque nunca se es gris para todos. Los hombres grises seguro que brillan en ámbitos que yo ni siquiera sospecho. Los hombres grises también enamoran. Los hombres grises seguro que son luz para sus madres. Los hombres grises son grises para mí, para mis ansias de color, para mi forma de entender la vida.

Seguramente por eso pasan por mi lado y no les veo. No les reconozco. Los hombres grises no me interesan. No es desprecio, es que no puedo verlos. A mis ojos sólo les emociona el color y lo que no emociona pasa directamente a ese lado oscuro del cerebro en el que los restos de vida se disuelven en un lío de imagenes que no me importan.

que no te falte esa canción

Quería escribir sobre las música y mi vida. Ya sabéis, cómo cada momento tiene su canción. Incluso podía haber dejado aquí colgadas algunas de las que me han dado la vuelta alguna vez. Quería escribir sobre todo esto, y hoy me pongo y no me quiere salir. Las tengo en la cabeza, todas, incluso el silencio imprescindible de escribir, que en cierto sentido también es música.

Pero de repente he vuelto al cuaderno, he olvidado la música y me ha entrado una fiebre frenética de escribir por escribir, de escribir historias, de escribir listas, de escribir meacuerdos, de escribir to dos, de escribir jurídico, de escribir poético, de escribirescribirescribir sin sentido y sin más afán que llenar de hormigas el blanco.

Esta especie de furia incontrolada puede deberse al mal humor. Estoy enfadada. Estoy enfadadísima. Estoy espantada. Estoy a punto de ponerme a gritar. Es el momento de enchufarme una canción de mucho llorar y cantarla a pleno pulmón hasta volver a ser suave!

Imposible escapar de la música. Cuando todo gira, la música también lo hace... en sentido contrario a las agujas del reloj.