domingo, 25 de abril de 2010

¡Qué bonita es la Gran Vía!

Este fin de semana ha sido muy variado, de esos que dan para contar. Sin embargo, me temo que sólo tengo palabras para un descubrimiento: Amy Hempel y sus cuentos completos, que recomiendo con la vehemencia del fan.

Otro día que tenga más tiempo y ganas, sobre todo ganas, comentaré este libro y los otros que han caido en memoria del binomio Cervantes/Shakespeare.


Esta mañana he paseado por una Gran Vía sin coches.
De Callao a Cibeles.
Los semáforos funcionando daban un toque inhóspito al paseo,
como de fin del mundo...

jueves, 22 de abril de 2010

¡Tomar el cielo por asalto!

Estaba leyendo esta reflexión y me ha parecido interesante darle un poquín de difusión. Aquí la dejo, con el deseo de que a alguien le remueva algo.

Coming soon

Recientes acontecimientos me impulsan a ficcionar las relaciones personales. Estoy metida de lleno en la nebulosa de pensar y buscar palabras.

Hoy tiene buena pinta, dentro de unos días (¿días?) contaré si la historia progresa o si acaba en la carpeta de siempre.

domingo, 18 de abril de 2010

Un día de lluvia

Esta mañana me he despertado tarde y hemos preparado con pereza el desayuno especial del domingo. Hemos decidido salir a dar un paseo con unos amigos. Antes, he recibido una llamada de teléfono de las que calman el alma.

El paseo por la ribera del río ha resultado fenomenal. Baja a pleno caudal, con fuerza y haciendo mucho ruido, quiere reivindicarse, supongo, aunque poca gente se asoma a verle. Menos hoy, un día tan de tormenta. Llevábamos botas de agua. Y sí, hemos saltado en los charcos. Y sí, se nos ha caido el cielo encima.

Llegamos a casa empapados y sonriendo. Después de comer, una ducha calentita, albornoz y tarde de leer. Luego, noche de escribir (espero).

El viernes colaboré en la lectura de un cuento en la biblioteca. Los niños estaban encantados y yo también. Tengo planes para editar una historia que escribí a C&M hace unos años. Una edición bilingüe y de andar por casa, pero fantástica por lo que significa.

domingo, 11 de abril de 2010

Asombroso

Me sorprende mi capacidad de adpatarme al medio. Que hay que cocinar, cocino. Que tengo que dorar un pollo, lo doro. Lo que sea con tal de garantizar la supervivencia de mis niños. Estoy tan orgullosa del aspecto de la comida que he preparado en un pispas de mañana, que he hecho unas fotos. Ea.

También me sorprende la poca felicidad que he sentido al leer el segundo libro de aquélla conocida de la uni que blabla. Yo, que esperaba (i) que no me gustara (recórcholis, cuánta maldad) y (ii) congratularme de ello, me encuentro asombrada porque (i) no me ha gustado (as foreseen), pero (ii) no he saltado de emoción hasta desmelenarme entera. Eso sí, no lo pienso recomendar.

Y me sorprende volver a Kavafis (éste sí, tan recomendable) y encontrarle tan fascinante como la primera vez.

viernes, 9 de abril de 2010

Pues eso

Soy poco consumista de natural, con una sola excepción (dos, si contamos lo del chocolate): los libros. Puedo vivir sin ropa mona, con unas botas de montaña, sin conjuntos ideales para dormir, sin televisión, sin ir al cine, sin palomitas, con lo puesto, con internet. Mira ves, lo de internet no lo dejaría... pero entrar en una librería y perder el sentido es la clásica relación causa efecto de la que no prescindo.

Y -no me sale otra cosa- apoyo el pequeño comercio. Las librerías pequeñas me fascinan. Pasear entre los libros sin la estridente música de fondo o las luces cegadoras y los maxicarteles de la gran superficie y sin esas marabuntas... ¿por qué hay tanta gente en todos los sitios?

Frecuento dos o tres librerías y me encanta entrar y ver al librero y que me diga -como hoy- hola Lucía, qué rápido has venido, si en el mensaje te decía que (…). En el mensaje te decía. El librero, mi librero, me deja mensajes. Me avisa cuando cree que un libro me puede interesar, me regala (y guarda con esmero) las revistas más curiosas, se ha leido casi toda la tienda, me cuida más que muchas personas que conozco y mucho, mucho más que la señorita del centro comercial “Umbral- con-h-¿noescierto?”

No, no es cierto y ya si eso déjelo.

He estado comprando libros (muchos, otra vez) y al salir de la librería he pensado en esa cosa tan extravagante del consumo responsable, de la que cada vez soy más fan. ¿Es la insatisfacción la que nos lanza en masa a pasar el fin de semana en el centro comercial? ¿Es que tenemos tan poca personalidad que sólo nos creemos fenomenales con la teletienda en casa? ¿de verdad necesitamos los ocho días del loro?

Ahí lo dejo, en plan sin plan. Y ahora a escribir. Tengo que sacar un relato, cuento, narración, lo que sea sobre el maltrato psicológico. Me he dado cuenta de que tengo el tema atascado en alguna parte del cerebelo y hasta que no acabe con él no voy a poder dedicarme al humor inglés, que es lo que de verdad me pide el cuerpo.

martes, 6 de abril de 2010

From lost to the river

He pasado una tarde de sensaciones dramáticas. Va a ser verdad, envejezco.

Confieso que soy de aparcar de oído, pero justo hoy lo estaba haciendo al modo internacional cuando una especie de jovencita -con el “jovencita” muy subido de tono, a mi entender- me ha “pedido” que aprenda a conducir.

A mí, conocida como fitipaldi del uno al otro confín. Por supuesto la he vapuleado dialécticamente y con la mala leche que me caracteriza -esta vez sí- he embestido su cochecito de adolescente mona. Me he quedado feliz, incluso he ignorado una especie de gesto soez que la macarrilla ha aireado por la ventana... pero después he pensado joder, fitipaldi, ¿conocer ese nombre no me convierte un poco en Ms. Marple?

De ahí al centro comercial. Estoy con el día tristón y he decidido comprarme unas cremas de esas que te cambian la cara, la vida y hacen que la fuerza te acompañe de lo mona que estás. Sección cremas. Sección cara. Sección acné, of course. Mamá, las de arrugas están aquí.

Por Dios, por Diossssssssssssssssss, ¿es que no le he enseñado nada a esta niña?

No hija, no, yo de arrugas aún no necesito (¿o sí?), anda, mete estas (las más adolescentes que he encontrado) en la cestita y vámonos de aquí.

Tercera parada: máquinas automáticas de pago. Paso crema 1, paso crema 2, paso paquete de donuts de chocolate (x 4), lo paso mal, lo repaso, se escucha una sirena y una voz horrible que dice sin respirar esta caja necesita asistente esta caja necesita asistente esta caja... la opción a (tocar todos los botones) ha resultado inútil, la b (huir) imposible. Mami, ¿dónde vamos? ¿Vas a dejar todas las bolsas ahí? ¿y las cremas para las arrugas? ¿me puedo comer los donuts? ¿Llevas los donuts en la mano? aaaaarrggggghhhhhhhh, si no los hemos pagado.

La asistente no ha entendido lo de los donuts pero nos ha dejado seguir jugando con la maquinita. La tarjeta no se mete así, que me dejes, la tarjeta no se mete así, de verdad C. que me estoy poniendo nerviosa, la tarjeta no se mete así, ¿se puede saber qué demonios le pasa a esta mierda de máquina? ¡asistente, por favor!

La tarjeta no se mete así.

Esto no tiene marcha atrás, ¿no?

sábado, 3 de abril de 2010

Busco príncipe azul (descendiente de tarzán, a ser posible)

O sea, una cosa de lo más normalita. Es que he dado con el hotel y no veo el momento de hacer las maletas -quien dice maletas dice petates- y largarme al norte, muy al norte, así como al canal de la mancha. Bueno, vale, no tanto.

Viendo unas fotos del hotelito de marras me dio por cagarme en los muertos del sr disney y la imposición definitiva de ese modelo familiar basado en el eres-tú-mi-príncipe-azul-que-yo-soñé. Un lavado de cerebro en toda regla que ahora nos confunde.

Tanto, que no me imagino dando saltitos por las habitaciones -colgadas de los árboles, sí, sí, col-ga-das, y llenas de ventanitas en forma de corazón- sin un apuesto príncipe al que esperar mientras pétalos de mil colores caen como nieve sobre mi cabeza.

Y sin príncipe no hay plan. Así que tengo que hacer algo pero que ya. Había echado el ojo a uno, pero es muy de mocasín ¿y si se le va el azul al intentar subir por la escalera de cuerdas? No, no. No vale un príncipe cualquiera, éste tiene que tener ciertas cualidades ¿campestres?

Qué dilema, digo qué pena.

Una de planes

Había ideado un laaaaaargo y descansado fin de semana de paseos y libros, de flores y música de fondo. La realidad, en su afán superador, hace que hoy tenga mis primeros cinco minutos de inactividad, que quiero aprovechar para gritarme algo así como "joder, Lucía, eres la reina de las planificaciones-caca".

Me iría a dormir la siesta, pero ya se me hace tarde para lo de luego